Jean Henry Dunant, fundador de la Cruz Roja

Un vida dedicada a la ayuda humanitaria en las guerras

Nació el 8 de mayo de 1828 en Ginebra, Suiza. Comerciante de familia pudiente murió en la pobreza y en el olvido. Recibió el premio Nobel de la Paz en 1901 y siempre fue cercano al poder aristocrático.

Henry Dunant fue el hermano mayor de cinco en una familia rica de la capital suiza. A los 6 años realizó con su padre Jean Jacques una visita por trabajo al presidio de Tolón (Francia) y quedó impresionado por las condiciones insalubres en que vivían. “Cuando sea grande escribiré un libro para rescatarlos”, pensó a tan corta edad y soñando hacer algo por los hombres sin esperanza ni dignidad.

Foto: Cruz Roja internacional
Foto: Cruz Roja internacional

Siguiendo con los negocios familiares, decidió viajar a Argelia (África), tierra que no conocía y en la cual decidió montar un emprendimiento agrícola y molinos de trigo. Pese al entusiasmo, las finanzas no iban bien y decidió apostar a los contactos políticos para hacer reverdecer su negocio. En una colonia francesa, se le dificultaban los trámites, los permisos y las concesiones para construir unos “saltos de agua” para los molinos. Por este motivo, decidió seguir en persona al Emperador Napoleón III de Francia y a donde sea.

Solferino

En 1859, en Lombardía, se vivió unas de las batallas más crueles de la historia que luego dio origen al organismo de ayuda humanitaria más reconocido a nivel mundial. En su obra Recuerdo de Solferino, Henri (su verdadero nombre previo a optar por la ortografía inglesa con “Y”) lo recordó así: “Aquel memorable 24 de junio se enfrentaron más de trescientos mil hombres, la línea de batalla tenía cinco leguas de extensión, y los combates duraron más de quince horas”.

Foto: Cruz Roja internacional
Foto: Cruz Roja internacional

Hace 157 años, el Imperio Austro-Húngaro era liderado por del emperador Francisco José I y Francia gobernada por Carlos Luis Napoleón Bonaparte (III). La Batalla de Solferino fue una de las tantas dentro de la invasión de los austríacos a los reinos italianos. En ese contexto, un joven Henri Dunant se alarmó con la desprotección de los miles de heridos del conflicto y empezó con una ayuda que sería un legado para la humanidad.

En esa mañana calurosa de viernes en el junio europeo, el poblado de 2000 habitantes se hizo conocido después de que más de 40 mil soldados franceses, piamonteses y austríacos yacieran muertos o heridos en sus puertas sin ningún tipo de atención médica

Dunant en el medio de un viaje se topó con la frialdad y el desamparo de los caídos de la guerra de ambos bandos. Nunca pensó que sería el primer paso de una organización no gubernamental pionera en el derecho internacional humanitario y en el tratamiento adecuado de los heridos de posguerra.

En su primera intervención, dirigió un equipo de voluntarios que ayudó a 9 mil heridos. Había enfermeras, médicos, estudiantes, vecinos y hasta niños ayudaron a que no faltara agua fresca para los soldados.  Trabajaron 3 días y 3 noches seguidas bajo el lema “Tutti fratelli” (Todos hermanos) pero siempre sintió que los esfuerzos eran insuficientes. El trabajo humanitario siguió en Milán y Brescia pero la fiebre y la gangrena arreciaban

Era necesaria una organización con una estructura autorizada por los Estados. Dunant no podía apartar de su cabeza los ruegos y la agonía de los heridos: “No me dejen morir”, resonaba en su interior. En el libro mítico ya mencionado el calvinista explicó su objetivo: por una parte, la creación de una fundación, en todos los países, de “sociedades voluntarias de socorro para prestar, en tiempo de guerra, asistencia a los heridos”; por otra parte, la formulación de un “principio internacional, convencional y sagrado, base y apoyo para dichas sociedades de auxilio”.

Dunant2Foto: Cruz Roja internacional
Foto: Cruz Roja internacional

Nace la Cruz Roja

En 1863, cuatro años después de la batalla de Solferino y un año después de la publicación del libro de Dunant, un Comité privado, integrado por Henry Dunant, el general Dufour, Gustave Moynier, los médicos Théodore Maunoir y Louis Appia, organizó un congreso, que se celebró en Ginebra y en el cual participaron representantes de 16 países que enviaron 31 delegados, según informa la publicación del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR).

Así nace el Movimiento Internacional de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja como organismo “imparcial para proteger a las víctimas de la guerra y para prestar ayuda por doquier sin distinción de nacionalidad”. Desde entonces se hace célebre y es recibido por los jefes de Estado, los reyes y príncipes de las cortes europeas para conseguir ayuda humanitaria. Como contrapartida, descuidó los negocios que lo llevaron a tener una deuda de un millón de francos de la época.

A todo esto, se definió el emblema universal que garantizaría la protección y la ayuda del CICR. El signo heráldico de la Cruz Roja sobre fondo blanco, para rendir homenaje a Suiza, de cuya bandera nacional toma los colores invertidos. Fue el distintivo para la indumentaria del personal sanitario, ambulancias y hospitales

El 22 de agosto de 1864 es una fecha clave porque logró que 12 Estados firmaran los 10 artículos que constituían la primera Convención de Ginebra:  garantizar la neutralidad de las ambulancias, los hospitales, el personal sanitario y sus equipos en tiempos de guerra, así como el de los habitantes del país que prestan socorro a los soldados heridos. Mientras que las partes enfrentadas se comprometen a asistir a los soldados que capturen o a organizar la necesaria asistencia, y los ejércitos se comprometen a buscar y recoger a los heridos.

Fama y miseria

Pese al éxito de la Cruz Roja que tuvo formal intervención en el conflicto de 1866 entre Austria y Prusia donde fueron asistidos 10 mil soldados prusianos, el helvético se vio obligado a vender todas sus propiedades en Suiza en 1867 además de gran parte de la fortuna familiar.

Fue condenado “en quiebra” por un Tribunal de Comercio. A los 39 años estaba en la ruina total sin cargo en el CICR y también había perdido su “posición” como ciudadano ginebrino. En esa época, declararse en “quiebra” se consideraba una “humillación” familiar. Se juró trabajar para pagar la deuda y “honrar” su prestigio. Pero se fue de su lugar de origen hacia París y en la lejanía sufrió también la pérdida de su madre Anne-Antoinette a la cual adoraba.

En la capital francesa, se ve obligado a dormir sobre los bancos públicos, pese a que, al mismo tiempo, la emperatriz Eugenia de Francia lo convoca al palacio de las Tullerías para consultarle sobre la ampliación del Convenio de Ginebra a la guerra marítima. Posteriormente, es nombrado miembro de honor de cinco Sociedades Nacionales de la Cruz Roja. Toda una paradoja.

Vivió sus años en Francia sufriendo de un eczema en su mano derecha, una enfermedad en la piel en el medio de una vida angustiante, sumido en la pobreza y deprimido. Mucha gente pensó que había muerto, según los textos biográficos. Veía como la Cruz Roja seguía interviniendo en conflictos armados como la cruenta guerra en París en 1870

Ya con 60 años, volvió a su país para lograr la tranquilidad que no encontraba en otro lugar. Contaba con orgullo que era el fundador del Movimiento de la Cruz Roja a los aldeanos. El estado de su mano empeoró con el tiempo y, en 1910, murió internado en un hospital en el pueblito suizo Heiden en el total olvido. A esa fecha, 57 naciones había firmado los Convenios de Ginebra y 40 países habían organizado su propia CR.

Hoy, la organización mundial está integrada por 130 sociedades nacionales, que totalizan unos 200 millones de miembros y de colaboradores. Por lo demás, en la Cruz Roja de la Juventud hay 50 millones de afiliados, que tienen de 10 a 18 años. Como última alegría de su vida, recibió en 1901 el Premio Nobel de la Paz que lo ayudó a olvidar las humillaciones que había sufrido.