Salvador Mazza, médico y bacteriólogo

Una vida dedicada a combatir las enfermedades de la pobreza

Fue quien hizo los primeros diagnósticos de la enfermedad de Chagas en el país. Advirtió que la enfermedad se expandía por la marginalidad de muchas poblaciones rurales del norte argentino. El Chagas afecta hoy a 24 millones de personas en Latinoamérica.

Puso su vida al servicio de encontrar una respuesta médica a una enfermedad que representa una dolencia endémica: la problemática del Chagas. Esa es, en síntesis, la trayectoria vital del médico sanitarista Salvador Mazza, que nació el 6 de junio de 1886 en la ciudad de Buenos Aires, pero pasó su infancia en la localidad bonaerense de Rauch, y cursó sus primeros estudios en el Colegio Nacional de Buenos Aires, al que ingresó con apenas 10 años.

Cumplida su formación secundaria, estudió y se graduó como médico en la Universidad de Buenos Aires, en 1910. Por esa época, junto a Rodolfo Kraus,  desarrolló una vacuna antitifoidea de una sola aplicación.

Su campo de intereses osciló entre la bacteriología, la química analítica y la patología. Además de su condición de médico, se desempeñó como inspector sanitario y tuvo una participación destacada en las campañas de vacunación realizadas en la provincia de Buenos Aires.

Cursó su doctorado en la UBA y fue designado como bacteriólogo en el Departamento Nacional de Higiene. Entre sus atribuciones, estuvo la de organizar el hospital de la isla Martín García: allí, los inmigrantes debían permanecer en cuarentena antes de poder entrar al país. Otro objetivo fue funcionar como un laboratorio que permitiera la detección de portadores sanos de gérmenes de cólera.

Entre la familia y la medicina

En 1914 se casó con Clorinda Brígida Razori, que sería su compañera y asistente a lo largo de toda su vida profesional. Dos años después ocupó el cargo de profesor suplente de la cátedra de Bacteriología de Carlos Malbrán, y se hizo cargo de su titularidad cuando éste renunció. También, fungió como jefe del Laboratorio Central del Hospital de Clínicas y trabajó al servicio del Ejército en la modificación de la vacuna antitífica que se inoculaba por entonces a los conscriptos.

En su condición de teniente primero Médico del Ejército se le encargó realizar un estudio de enfermedades infecciosas en Alemania y el Imperio austrohúngaro. Por entonces, entró en contacto con su colega Carlos Chagas, que había descubierto al agente parasitario causante de la tripanosomosis americana.

La problemática del Chagas fue descubierto en 1909 por el científico brasileño Carlos Ribeiro Justiniano das Chagas: detectó pacientes que en la sangre tenían un parásito. Tres años después presentó su hallazgo en los ambientes científicos de Buenos Aires. Pero se comprobó que su descripción de la enfermedad era parcialmente errónea y su aporte fue desacreditado. Los investigadores argentinos dedujeron que el parásito en la sangre era un hallazgo casual y no representaba necesariamente una enfermedad. Fue Mazza quien la redescubrió y la difundió a nivel mundial.

A partir de 1916 Mazza visitó, con fines profesionales, Europa y África: Londres, París, Berlín y Hamburgo. Trabajó en el Instituto Pasteur de Argelia. Y en Túnez trabó amistad con el bacteriólogo Charles Nicolle, que obtuvo en 1928 el Premio Nobel de Medicina por sus investigaciones sobre el tifus. Mazza lo consideraba como “el padre espiritual” de todos sus trabajos científicos. Cuando regresó a Argentina en 1925 fue nombrado director del laboratorio y del museo del Instituto de Clínica Quirúrgica de la Facultad de Medicina de la UBA.

Ese mismo año invitó y hospedó en la Argentina a Nicolle, que estaba interesado en las enfermedades endémicas que existían en el norte argentino. Nicolle detectó la precariedad con la que se las enfrentaba en esas regiones y por eso lo ayudó a fundar un instituto para la investigación y la diagnosis de las enfermedades endémicas americanas.

Contra las enfermedades desconocidas

En 1926 la Facultad de Medicina de la UBA fijó la Misión de Estudios de Patología Regional Argentina (MEPRA), y Mazza fue su director. Este instituto tenía por finalidad estudiar y diagnosticar las del norte argentino, entre ellas la enfermedad de Chagas. Tuvo su sede central en Jujuy, y funcionó como un laboratorio y hospital móvil instalado en un tren ferroviario que recorrió todo el país, y también en Bolivia y Chile.

En 1926, Mazza realizó los primeros diagnósticos de la enfermedad de Chagas. Descubrió que atacaba también a los perros, al detectar un ejemplar infectado. En 1927 diagnosticó el primer caso agudo en la Argentina.

Esta enfermedad, que actualmente afecta a 24 millones de personas en Latinoamérica, es causada por el parásito denominado Tripanosoma cruzi. Llega al ser humano a través de la vinchuca, un insecto que encuentra condiciones favorables para desarrollarse y multiplicarse en zonas pobres de América Latina.

Mazza se abocó al ataque de la vinchuca. Advirtió a las autoridades que uno de los principales factores para la expansión de la enfermedad se encontraba en las condiciones económicas, educativas e higiénicas de las poblaciones rurales y suburbanas del norte argentino.

Hasta el final

En la década del ‘30, Mazza confirmó el carácter endémico de la enfermedad. En 1934 comenzó el período de descubrimientos masivos de casos de enfermos agudos, lo que constituyó uno de sus mayores aportes. En 1940, con Miguel Jörg, definieron los tres períodos anátomo-clínicos de la enfermedad, cuya validez se extiende hasta nuestros días.

La creación de la MEPRA encarnó un relevamiento e investigación biológicos extraordinarios en el campo de las patologías regionales. La entidad no sólo ratificó la enfermedad de Chagas cuando ésta era negada, tanto en el orden nacional como internacional, sino que logró grandes adelantos en el estudio de los síntomas y lesiones causados por la dolencia.

Las contrariedades materiales nunca desalentaron la voluntad de hierro de Mazza: era capaz de llevar adelante desde una punción lumbar en una carpa de ferroviarios, hasta una autopsia al aire libre en un poblado indígena, así como pasar horas formando profesionales en el estudio de las endemias de carácter rural.

Murió el 9 de noviembre de 1946 mientras asistía a unas jornadas de actualización sobre el Chagas en México. A partir de su muerte, la institución por él fundada sufrió una serie de complicaciones de corte político-institucional, lo que derivó en su cierre definitivo en 1958.

Su labor científica continúa siendo un aporte fructífero e ilumina a quienes todavía hoy luchan contra esa problemática que es producto de la pobreza contra la que Mazza, y tantos otros como él, dieron batalla por erradicar de la sociedad argentina.