Horacio Vogelfang, cardiocirujano infantil

“Hay que saber aprender de los pacientes y de las dificultades”

De chico no pensó que su vida iba a pasar por el traslado de un corazón, aunque siempre quiso ser médico. Sin profesionales en su familia, el esfuerzo y la dedicación lo llevaron a ser profesional y un ícono en trasplantes de corazón en el país.

Horacio Vogelfang es médico cardiocirujano infantil y actualmente se desempeña como jefe del equipo de trasplante cardíaco del Hospital Garrahan, donde trabaja desde su fundación, en 1987. De papá ruso y mamá polaca, nació en La Paternal, realizó todos sus estudios en escuelas públicas y cursó medicina en la Universidad de Buenos Aires, donde se recibió en el año 1976. En 1977, realizó la residencia y especialización en Cirugía Cardiovascular Infantil en el Hospital de Niños, y se desempeñó en el Hospital Italiano de Buenos Aires y en el Fiorito de Avellaneda.

“Aunque mi origen es de clase media baja y sin profesionales ni médicos en la familia, había que estudiar y ser profesional para tener un ascenso social hace tres décadas.  Mi padre era un artesano peletero, un tallerista de prendas de piel y creo que de ahí saqué algo de la artesanía de la cirugía”, resumió su origen en su oficina del Hospital Garrahan en Parque Patricios, C.A.B.A..

Cirugía cardíaca en niños

“Fue más una cuestión mía de superar dificultades en la vida en una especialidad desafiante”, explicó su decisión por seguir una carrera dedicado a la pediatría, y específicamente en cirugías de corazón y más adelante, en desarrollar trasplantes e implantar corazones artificiales a los niños que esperan por la operación.

En 1987, cuando fue elegido por concurso en el flamante hospital de niños “Dr. Juan Pedro Garrahan”, Vogelfang empezó por realizar cirugías de corazón que llama “cotidianas o habituales” como las cardiopatías congénitas, defectos en el órgano madre por haberse formado mal en el desarrollo del feto, o en la vida intrauterina. En esa época, las operaciones duraban 14 horas y su misión fue conformar un equipo que fuera minimizando los errores en cada intervención inaugurando el servicio de cirugías cardíacas.

“Probamos las técnicas experimentales en animales y en octubre del año 2000 hicimos el primero. Al día de hoy llevamos 54 trasplantes”, sentenció el médico especialista que se capacitó en diversos servicios de Cirugía Cardiovascular Infantil del mundo, entre ellos: Boston (EEUU); Toronto y Saskatchewan (Canadá), Londres (Reino Unido), Amsterdam (Holanda) y París (Francia).

Trasplantes

En 1996, inauguró el Banco de Homoinjertos de arterias y válvulas del corazón criopreservadas y cuatro años más tarde el primer trasplante de corazón. Desde ese entonces hasta ahora se han llevado a cabo un total de 54, siendo hoy la única institución pública pediátrica del país que los realiza. Además se implantaron 45 corazones artificiales, una asistencia mecánica para los chicos puedan llegar con vida y en condiciones estables al trasplante.

-¿Qué fortalezas y debilidad ve en su labor diaria?

-No hay dos corazones como pasa con otros órganos. Con las enfermedades del corazón, uno opera a un chico sabiendo que si salgo sale mal, el riesgo es que fallezca y esa la gran debilidad que está ligada a la gran fortaleza para no paralizarse y tener miedo. Hay que saber aprender de los pacientes y de las dificultades con que uno se encuentra. Siempre hay que tener un caudal permanente de autocrítica. Y no tener miedo a realizar cosas nuevas, leer prácticas de otros países e implementarlas acá.

-¿Qué aprendió de los pacientes?

-De todos se aprende algo. Ningún paciente es igual al otro. Hay diferentes pacientes y enfermedades pero hay detalles peculiares que hacen a cada uno. Tenemos que estar atentos a descubrirlas. Se aprende mucho de su fortaleza y de los padres de los pacientes y en eso trabajamos en la relación médico-paciente porque los vemos sufrir y les explicamos los riesgos. Si llego a casa y comento alguna situación del hospital  como una chica que estuvo tres años conectada a un corazón artificial esperando un donante, por ejemplo, mi mujer me dice con frecuencia: “Y nosotros nos quejamos”,  porque a mi hija le fue mal en un examen de matemática.

En el Garrahan, tienen un promedio de entre 12 y 16 pacientes inscriptos para trasplantes y todos son prioridades. En general, la enfermedad básica que lo degenera es la  del músculo cardíaco, la miocardiopatía. La espera del paciente es un proceso que puede ser de 3 o 6 meses hasta 3 años. Cuando el paciente está inscripto para este tipo de intervención, se evalúa su situación día a día, y “cuando vemos que ya no da más”, explica el cirujano, se llega a la conclusión de ponerle uno artificial, o Berlin Heart.

Una solución intermedia

En 2006, el equipo realizó la primera Asistencia con Corazón Artificial Total como puente al trasplante en un niño de 9 años. “Hemos tenida una chica 998 días viviendo conectada a un corazón artificial. Es un aparato que no puede estar en una casa ya que requiere controles estrictos y medicamentes”, manifestó el cardiólogo.

Un caso testigo, fue Marianella, una nena que estuvo casi tres años conectada al equipo Berlín Heart hasta que, a través del Incucai, apareció un órgano compatible y pudo ser trasplantada. O el de Abril Dispenza, que recibió un corazón cuando tenía 18 meses, en el año 2004, convirtiéndose en el primer caso en el Garrahan en donde utilizaron un donante con sangre no compatible.

-¿Qué sentimiento tiene en el medio de una operación?

-Cuando empieza el operativo hay una descarga de adrenalina tremenda, luego viene un momento de incertidumbre con el traslado del corazón. Son sensaciones encontradas con las ganas que salga todo bien. Momentos de euforia y optimismo, y momentos de angustia si veo que hay algo que está fallando, y luego alegría por el resultado concreto.

-¿Son más los momentos de alegría que de tristeza?

-Por suerte sí, además uno toma todo con profesionalismo y si algo sale mal como la muerte de un chico, eso produce tristeza, pero hacemos una rigurosa evaluación de que pasó, el motivo por el cual falló la operación y vemos qué hay que mejorar para la próxima ocasión. Ni la tristeza ni la alegría pueden ser permanentes. Nosotros tenemos que transformar lo que está mal en un aprendizaje, y lo que está bien en otro aprendizaje para volver a hacer las cosas tal cual las hicimos para que todo salga ben.