Talleres productivos en la cárcel: un eslabón en la reinserción

Más del 80 por ciento de las internas del Complejo Penitenciario de Ezeiza forma parte de algún taller productivo. Ocupan hasta 200 horas por mes mes y lo que fabrican es puesto a la venta en dos puntos comerciales, con lo que se obtienen fondos para financiar el sueldo que perciben. 

Brenda Fiorentino organiza la recorrida. Es la voz cantante y habla con orgullo de su rol de Jefa del Departamento de Trabajo del Complejo Penitenciario Federal IV de Mujeres de Ezeiza. Ella está a cargo de los talleres productivos.

Brenda habla de “mis maestras”, quienes dan los talleres, y de “mis trabajadoras”, las internas del penal que participan de ellos. Son 522 mujeres privadas de la libertad que trabajan en la cárcel, un 83 por ciento de las 625 que conforman la población total de la institución, lo que la convierte en una de las de mayor promedio de ocupación del servicio penitenciario.

Patrick Haar
El taller del complejo penitenciario de mujeres
El taller del complejo penitenciario de mujeres

El 17 por ciento restante que no integra alguno de esos espacios lo hace por decisión propia, porque no tiene asignada tarea (puede ser porque está próxima su salida) o porque no están dadas las condiciones para que pueda acceder al beneficio del taller productivo. “Nosotras intentamos acercarlas a los talleres. Es un trabajo que lleva tiempo, pero cuando se logra, da mucha satisfacción”, asegura Fiorentino.

Los espacios de trabajo para las personas privadas de libertad (pueden ser con condena o sin ella aún) son de larga data, pero se profesionalizaron con la creación del Ente de Cooperación Técnica y Financiera del Servicio Penitenciario Federal (EnCoPe), en septiembre de 1994.

“Entran en el circuito productivo: trabajan y lo que se produce aquí se vende. Cobran por su trabajo y, así, forman un hábito que es el de la responsabilidad. Aprenden y consiguen una herramienta para el afuera”, dice la alcaide Fiorentino.

Los talleres son variados: repostería, sublimado y cerámica, reciclado, armado de broches, costura, tejido, fibrofácil, encuadernación, muñequería, carpintería y peluquería. Si bien la cantidad es amplia, y se diferencian según el complejo, en todos los casos las internas cumplen con los requisitos formales para un trabajador: horario, condiciones de seguridad, comportamiento y percepción de un sueldo.

El máximo de horas posible para trabajar es de 200 por mes (de lunes a viernes, de 9 a 17), y cada una opta si las ocupa todas en esa actividad o se aboca a otras, como el estudio de una carrera u otras obligaciones. Lo que se cobra siempre va en proporción a las horas trabajadas. “En el último año reacondicionamos varios pabellones pertenecientes a distintos módulos, residenciales y de trabajo. A pesar de que se trabaja con máquinas y con distintos elementos, hoy no tenemos accidentes de trabajo en nuestra unidad. Cero”, afirma Fiorentino.

“Todo lo que se produce acá, se pone a la venta. Ya sea internamente o en algunos de los locales, como el que tenemos en la entrada del penal, aquí en Ezeiza, o en la avenida San Juan, en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Si una interna quiere comprar algo de lo que se hace acá, se le descuenta de su ingreso a fin de mes”, completa la jefa del Departamento de Trabajo de la Unidad IV.

Por ejemplo, en el taller de tejido se confecciona parte de la vestimenta de los agentes del servicio penitenciario, como pulóveres, uniformes de gala, que los mismos agentes adquieren. Otro caso es el de la peluquería dentro del penal -uno de los pocos en lo que se ofrece es un servicio, en vez de un producto-, a donde semanalmente se acerca una maestra que enseña el oficio y técnicas nuevas y, además, van las internas para cortarse, peinarse el pelo o hacerse la manicura.

Camino al emprendimiento propio

En ocasiones especiales, las internas trabajan de manera desinteresada, para alguna causa en particular, como la de los Pulpitos Solidarios (una idea nacida en Dinamarca, que consiste en la confección de pulpos con agujas de crochet, que funcionan como muñecos de apego para bebés prematuros) o la Almohada Corazón (iniciativa enmarcada en la celebración del Día Mundial contra el Cáncer y que tiene por objetivo ampliar la difusión y apoyo psicológico y social a las pacientes con cáncer de mama).

Según Fiorentino, el beneficio de que sus trabajadoras pasen por los talleres productivos pasa por estar activas, aprender y, sobre todo, tener una chance cuando recuperan la libertad: “A cualquiera que haya pasado por la cárcel se le complica conseguir alguien que le dé empleo cuando sale. Hay mucho prejuicio. Por eso, las chicas, cuando consiguen un oficio acá, se empiezan a organizar para armar su propio emprendimiento, para cuando les toque salir”.

Patrick Haar
Complejo Penitenciario Federal IV de mujeres

En el taller de encuadernación se confeccionan los libros de resoluciones del Servicio Penitenciario y hay un proyecto para este año poder sacar agendas. Este taller es uno de los pocos lugares en los que el encuadernado se hace aún de manera absolutamente artesanal, con la particularidad que una de las mesas de prensa es una pieza antiquísima que estuvo, hasta principios del siglo pasado, en un convento que fue sede de la Unidad IV hasta su traslado a Ezeiza. Una verdadera reliquia que sigue funcionando.

En las instalaciones de trabajo se realizan durante el año los cursos de Formación Profesional, particularmente vinculados a los espacios de textil y marroquinería. Estos son impartidos por la CGERA (Confederación General Empresaria de la República Argentina) a través del convenio existente entre los ministerios de Justicia y Derechos Humanos y Trabajo, Empleo y Seguridad Social de la Nación.