La danza adaptada es una disciplina que puede practicarse tanto con movilidad reducida como no. Con esa concepción, la bailarina y madre de un chico que se desplaza en silla de ruedas, hace 20 años que fundó un grupo integrado.

En el auditorio del fondo del Galpón Artístico Caballito suena una milonga. En el escenario, Nicolás y Aixa se toman de las manos y despliegan una coreografía. Él empuja la silla de ruedas de su pareja de baile para que llegue al otro extremo. Ella levanta un brazo como si se sacara un sombrero y él vuelve a acercarse. Así, transcurre un ensayo habitual de la compañía de danza integradora Grupo Alma, la primera en Argentina en incorporar bailarines con y sin discapacidad.

Susana González Gonz es fundadora y directora del grupo que está por cumplir 20 años. Hoy hay ocho bailarines en el elenco estable, que los últimos años recorrieron el mundo presentando mayormente tangos y milongas.

Orgullosa por lo hecho hasta ahora, Susana recuerda sus primeros años en la enseñanza de esa disciplina adaptada. “Fue justo después del accidente de mi hijo, que quedó en silla de ruedas a los 14 años”, cuenta. A partir de ese momento, y tras un curso en el exterior, se puso a trabajar con el objetivo de “celebrar la diversidad a través de la danza”. Nació entonces el proyecto Todos podemos bailar, convertido en curso de extensión de la Universidad Nacional de las Artes, donde además tiene una cátedra de danza integradora.

El baile, explica Susana, se transforma así en un canal hacia el encuentro con otros y uno mismo. “Vemos personas en silla de ruedas a las que les dijeron desde el comienzo que no podían bailar. Y no es verdad. La danza mejora la autoestima y habilita a sentirnos más felices, dignos de ser mirados”. Lo central, resalta, es que logra unir a quienes conviven con una discapacidad y aquellos que no. “El aprendizaje es mutuo. Eso es lo enriquecedor”.

Aixa Di Salvo, de 28 años, es una de las bailarinas principales de la compañía, a la cual se incorporó dos años atrás. “Fue amor a primera vista. Me encontraba en el lugar donde siempre había deseado estar”, dice sonriente. Sentirse “encerrada en una caja”, cuenta, es algo que quedó en el pasado: “De a poco fui ampliando mis movimientos y aprendí que estar en silla de ruedas no significa que no pueda bailar”.

“De a poco fui ampliando mis movimientos y aprendí que estar en silla de ruedas no significa que no pueda bailar”.

Como Aixa, hay muchos bailarines que también quieren enseñar danza integradora para que este proyecto se replique y se haga masivo. “Si bien las condiciones de accesibilidad han mejorado, la realidad es que falta mucha conciencia. Por eso también queremos que se difunda”, explica Susana.

Obstáculos tales como los prejuicios o estereotipos sobre quienes tienen alguna discapacidad, aparecieron en la carrera de Susana, incluso en la universidad. “Cuando propuse las clases de danza integradora me dijeron que lo haga en centros de rehabilitación y hospitales”.

“El asunto no es llevar la danza a espacios de enfermedad. Sino traer a la persona con discapacidad a los lugares de arte. Esa es una postura frente a la vida que plantea la igualdad de derechos al tiempo que celebramos las diferencias”, explica González Gonz.

“La danza me cambió la vida: antes ni siquiera salía sola a la calle. Hoy me conduzco a mí misma, me siento completa y estoy segura de que mucha gente lo puede hacer”, dice Aixa emocionada y, antes de volver al ensayo, concluye con lucidez: “Las barreras las tenemos en la cabeza. Es cuestión de animarse a romperlas“.