Una voluntaria argentina montó en la India un hogar de día para niños y adolescentes. Les enseña a leer y escribir, mientras que sus madres aprenden oficios que les ofrecen una salida laboral. Fue a ese país por amor a la música pero se comprometió con su realidad.

La India es un punto exótico del planeta en el que conviven una profunda espiritualidad, la superpoblación y la más extrema de las estratificaciones sociales. Un lugar en donde hay mucho para hacer por el prójimo, en tanto se tenga la voluntad. La argentina Jesumiel Barra en su interior guarda una fortaleza espiritual que la acompaña a la hora de emprender la tarea de llevar adelante el Hogar “Hijos de la Luz”, una casa escuela emplazada en la ciudad de Varanasi.

Oriunda de la ciudad bonaerense de San Fernando, una adolescente Jesumiel se sintió atraída por la magia del sitar, el instrumento indio de cuerdas. Esa fascinación la llevó, en 1999, a viajar acompañada por su madre a Varanasi, donde tomó cursos con un docente de la universidad local. A partir de este vínculo artístico, es que comenzó a viajar con asiduidad al país asiático hasta 2007, cuando falleció su profesor. Durante 4 años no regresó.

En 2011, Jesumil tomó una decisión trascendental: se alistó como voluntaria en la Congregación “Madre Teresa de Calcuta”, precisamente en Varanasi, donde se había instalado en un departamento, a orillas del río Ganges. “Poco a poco, empecé a involucrarme: a los chicos les llevaba de comer, les prepara los tés durante las mañanas de frío, empecé a peinarlos y bañarlos en el río”, contó la joven.

Un 25 de diciembre de 2012, dice, experimentó un llamado muy fuerte del corazón: su decisión fue montar una suerte de escuela callejera. Así, todos los días, a una hora cercana al mediodía, se sentaba bajo un árbol para impartir las clases a niños que no sabían leer ni escribir, ni tenían entrenamiento siquiera en el uso de un lápiz. Durante varias horas les enseñaba el alfabeto del idioma Hindi, aritmética básica, dibujos, canciones y mantras.

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“En ese momento sentí que si ellos no podían ir a la escuela la escuela debía ir a ellos: que la luz, el amor y el conocimiento vaya a ellos y los abrace”, dice. Más tarde fueron las madres las que empezaron a ir a aprender un oficio, para generar algo que pudieran vender.

“Empezamos a hacer collares, y realmente se vendían. Venían a bañarse, a lavar la ropa, a aprender oficios, y luego llegaron más voluntarios, que empezaron a enseñar crochet, artesanías. Y junto con los padres, armamos una feria callejera”, explica Barra. Así fueron montando la escuela.

Los adolescentes, por su parte, con su producción de rosarios, consiguen algo de dinero para ir comprándose cosas necesarias como una bicicleta.

“Ahora esas madres son artesanas y tejedoras con experiencia, y tienen una vida con gastos que afrontar porque dejaron de vivir en la calle, por eso estamos buscando la manera en que lo que producen circule y puedan obtener dinero”, sostiene la artífice del hogar escuela.

Caminando por el Ganges

Cuando Jesumil sintió que el objetivo era sacar a los niños de la calle, fundó el hogar “Hijos de la Luz”. Desde hace tres años, es un espacio bajo la forma de hogar de día, para varones niños y adolescentes, en Varanasi. Al lugar acuden chicos de 7 a 17 años.

El staff docente lo integra un grupo de voluntarios (entre ellos, Facundo, de Pinamar, y en enero llega una nueva voluntaria de Buenos Aires) que va cambiando. “Aquí les enseñamos matemáticas, a escribir, a dibujar y pintar: ahora los chicos están aprendiendo a hacer pequeños cuadernos, mientras que los adolescentes fabrican rosarios de madera artesanales”, puntualiza.

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Hay en curso también un programa de padrinazgo, que les permite a muchas familias que vivían en las calles salir de ellas y alquilar habitaciones, y mandar sus hijos a la escuela.

    “A partir de aquella caminata a orillas del Ganges, creció todo esto, que fue plantearme profundamente si me entregaba a este desafío y dije que sí”, cuenta.

Durante varios años, la misión fue sostenida materialmente por la argentina, pero desde hace dos años comenzaron a participar otras personas con donaciones espontáneas, y dos asociaciones francesas los ayudan, una con la renta de padrinazgo para dos familias, y la otra para sostener el alquiler del hogar y la alimentación de los niños.

Jesumil recupera una anécdota de Deba, uno de los chicos que acude al hogar “Hijos de la Luz” desde hace siete años: “Cuando terminaba la escuela callejera, los llevaba a comer algo que ellos elegían, que eran unos fideos. Íbamos al puesto, y Deba siempre estaba flaquito, aunque recibía su porción de comida. Los agarraba y se iba corriendo. Un día lo seguí y vi que se los daba a su madre”. Y entonces, Jesumiel empezó a darle una doble ración al niño, para que no pasara hambre. Hoy, la madre de Deba alquila un cuarto, salió de la villa y el niño va todos los días al hogar.