Segunda parte de un testimonio clave que continuará

El testimonio de uno de los testigos clave del juicio por el encubrimiento del atentado a la AMIA, Claudio Lifschitz, que comenzó el lunes, continuó con más denuncias de irregularidades en la investigación que llevó a cabo Juan José Galeano con la participación de la entonces Secretaría de Inteligencia del Estado (SIDE).

La declaración del exprosecretario del Juzgado se extendió durante todo el día y seguirá la próxima semana.

La fiscalía comenzó el interrogatorio del día y abordó uno de los temas de relevancia para el juicio: el abandono de la llamada “pista siria”, la cual vincula al empresario amigo de los Menem, Alberto Kanoore Edul, con el atentado.

“No había interés ni análisis de la pista. Los objetos secuestrados en los allanamientos a Kanoore Edul, como las agendas, eran algo elemental que no se había investigado y lo tenía a cargo el sector 85 de la SIDE”, respondió Lifschitz, quien dijo haber revisado ese material y encontrado las vinculaciones del empresario sirio libanés con, por ejemplo, el sospechado por el atentado Mohsen Rabbani y con un su primo, el policía bonaerense Víctor Chaban, de ideas fundamentalistas.

“Pedí a la SIDE las escuchas del teléfono de Chabán porque las transcripciones nos las daban con errores. Ahí Chabán menciona ‘tengo diez gramos de C4’, que es un explosivo que se consigue en Paraguay”, advirtió el entonces prosecretario, quien contó también que pidió el secuestro de un fax para determinar mensajes encriptados de Chabán que contenían partes del Corán.

Sin embargo, ese pedido de prueba fue rechazado por uno de los secretarios, Carlos Velasco, justificando que ya había llamado Munir Menem, el hermano del entonces presidente, al juez cuando detuvieron a Kanoore Edul para presionar en contra de esa pista que involucraba a su amigo.

Causas paralelas

Otra de las irregularidades que denunció Lifschitz tiene que ver con el armado de causas paralelas, en un juzgado de Lomas de Zamora a cargo de Alberto Santamarina, donde la SIDE volcaba información sobre iraníes relacionados al atentado. “Me enteré porque me contactó un inspector de aduana -Rodolfo Rigamonti- que me contó acerca del iraní Khalil Gatea, que había intentado salir del país en abril del 94 con pasaporte falso, episodio que cayó en el juzgado de Santamarina”.

Según Lifschitz, al analizar esa causa radicada en Lomas de Zamora descubrió que estaba había dos causas duplicadas, una de las cuales estaba vacía y servía para encubrir los datos sobre AMIA, en especial escuchas telefónicas -algunas con respaldo judicial y otras no- a iraníes desde antes del atentado.

Además, contó, para acceder a ese expediente, el entonces juez Galeano debió pedírselo a la SIDE. “Galeano dijo que no podía pedir judicialmente la causa a Santamarina por orden de (Hugo) Anzorreguy por eso se la pidió directo a él”.

“El juez dijo que él no sabía sobre estas causas pero recuerdo que una vez lo vi a Santamarina en el juzgado. Además, cuando pedí llamar a declarar a Rigamonti y al resto de los inspectores que tenían arreglos con iraníes, se negó”, expresó.

Salida del Juzgado

Las irregularidades que Lifschitz fue conociendo motivaron, explicó,  su renuncia al puesto de prosecretario en octubre de 1997. “Vi que el juez no hacía nada con la información que yo le daba y me di cuenta que era una parte más del encubrimiento”.

Su situación lo llevó a dejar el país y refugiarse en Estados Unidos donde, durante seis meses, escribió un informe con lo ocurrido en la investigación, que entregó más tarde al diputado Melchor Cruchaga, de la Comisión Bicameral de Seguimiento del atentado. “Fui a llevar mi denuncia a la Comisión y Melchor Cruchaga la rechazó. Dijo que era una ‘bomba’ y por eso se difundió en el programa de televisión de Rolando Graña”, aclaró.

Esa denuncia se transformó con el tiempo en un libro que “ninguna editorial quería publicar”. El motivo de esa difusión, explicó Lifschitz, era el temor por su vida.

Contó al respecto que los años siguientes fue intimidado de diversas maneras, como disparos en la esquina de su casa y a un custodio que le salvó la vida, mensajes intimidatorios, secuestro para quemarle números en los brazos y escribirle con arma afilada “AMIA” en la espalda o una carta bomba. “Ninguna denuncia prosperó”, lamentó.

Las querellas podrán continuar interrogando a Lifschitz la próxima semana y luego será el turno de las defensas.