Fue perseguida por el fascismo durante la Segunda Guerra Mundial. En EEUU avanzó con su investigación sobre el cerebro, que le valió 30 años después el máximo galardón científico. También fue una activa militante política.

Rita Levi-Montalcini nació el 22 de abril de 1909 en la ciudad de Turín, al norte de Italia, en una época bélica que recrudecería con el inicio de la Primera Guerra Mundial, el primer gran conflicto del siglo XX. Su padre nunca quiso que estudiara Medicina porque “no creía en la educación superior de las mujeres”.

Se doctoró en Medicina por la Universidad de Turín en 1936, con una tesis dirigida por el histólogo Giuseppe Levi. Luego fue profesora de esa casa de estudios durante tres años. Había nacido en el seno de una familia judía y tuvo que vivir clandestinamente durante la Segunda Guerra Mundial, tras las amenazas de persecuciones antisemitas. Era la menor de cuatro hermanos, su padre ingeniero y su madre pintora. En su país, Benito Mussolini había prohibido el acceso de judíos a puestos profesionales.

Luego de su traslado a Bruselas, colaboró en el Instituto Neurológico durante un año. Y ya en 1940, tras la entrada de las tropas de Hitler en Bélgica, regresó de nuevo a Italia para organizar en su casa un pequeño laboratorio de neuroembriología, la ciencia que estudia el desarrollo embrionario del sistema nervioso.

En ese período de guerra se refugió en su humilde taller científico, que armó en su dormitorio. En la ciudad de Florencia también se ganaba la vida colaborando con los médicos que trabajaban con las tropas estadounidenses.

Investigación y descubrimientos

En 1947 viajó a los Estados Unidos, invitada por el profesor Viktor Hamburguer para ir a la Washington University, en Saint Louis. Allí ejerció la investigación y la docencia en la cátedra de Neurobiología. Y se empezó a enfocar cada vez más a la investigación científica del cerebro. Una de sus frases era: “El cuerpo se me arruga, es inevitable, ¡pero no el cerebro!”, y otro como consejo a la ciudadanía: “El cerebro nunca debe jubilarse, sino trabajar noche y día, porque a cierta edad -como la mía- ya no es necesario dormir, es una pérdida de tiempo.”

Sus estudios en 1950 la llevaron a descubrir que el crecimiento y la diferenciación de las células nerviosas sensoriales y simpáticas se debe a una proteína específica: el factor de crecimiento nervioso. Sus primeros experimentos se realizaron en embriones de pollos, que fueron la base de su investigación en los Estados Unidos tras la beca otorgada por la Facultad de Saint Louis.

Antes se tenía la noción que el sistema nervioso era estático, genéticamente programado por los genes que son inmutables. Pero la neuróloga italiana descubrió que están en constante movimiento y eso generaba los tumores, que pueden ser cancerígenos en diferentes casos. Levi-Montalcini dijo que son “como riachuelos de agua que fluyen de manera constante sobre un lecho de piedras”. Treinta años más tarde de este hallazgo, en 1986, fue galardonada con el Premio Nobel de Medicina, junto a Stanley Cohen.

Entre 1960 y 1970 fundó y dirigió el Centro de Investigación de Neurobiología en la capital italiana y el Laboratorio de Biología Celular. Y se convirtió en la décima mujer elegida para la Academia Nacional de Ciencias de loa Estados Unidos. En 1983, la Universidad de Columbia le otorgó el Premio Louisa Gross Horwitz. Y en el 2002, a los 88 años, creó el Instituto Europeo de Investigación del Cerebro.

“El cerebro tiene dos hemisferios, uno arcaico que gobierna nuestros instintos y emociones y otro más joven, en el que reside nuestra capacidad de razonar. Hoy el arcaico domina y es la causa de todas las tragedias que ocurren, como el Holocausto”, dijo en una entrevista.

Una vida dedicada a la ciencia

Levi-Montalcini dedicó su vida a la neurociencia. Nunca se casó ni tuvo hijos. Nunca lo lamentó, ya que agradecía a sus amigos y su trabajo. Su amor era hacia el cerebro: “A los cien, mi mente es superior, gracias a la experiencia, que cuando tenía 20 años.” Y celebraba poder haber llegado a los 103 años. “En lugar de añadir años a la vida, es mejor añadir vida a los años”.

Su fuerte ligazón política fue con la izquierda italiana. En 2001 fue declarada “senadora vitalicia” por el presidente en ejercicio, Carlo Ciampi. “Yo soy fuertemente de izquierda, lo que quiere decir creer en el progreso y en la paridad, mientras la derecha es lo opuesto”. Sobre sus años de perseguida decía: “Debería agradecer a Mussolini haberme declarado raza inferior, ya que esta situación de extrema dificultad y sufrimiento, me empujó a esforzarme todavía más.”

Escribió innumerables libros temáticos como “Elogio de la imperfección: mi vida y el trabajo”, con Luigi Attardi; o “La Saga del factor de crecimiento nervioso: estudios preliminares, descubrimiento, un mayor desarrollo”;o “El reloj de arena de la vida: n Premio Nobel reflexiona sobre su vida”, de Rita Levi-Montalcini y Giuseppina Tripodi.

En España, fue galardonada con el Diploma Internacional Ramón y Cajal en 1988, y la Medalla de Oro en 1990. Cuatro años antes, obtuvo el Premio Nobel de Medicina y Fisiología por “aislar el factor de crecimiento nervioso”.

Siguió hasta los últimos días de su vida buscando investigar cada pequeño detalle dentro del cerebro humano. Murió el 30 de diciembre de 2012 en su residencia de Roma a los 103 años de edad. Su sobrina dijo al diario La Stampa: “Se apagó como se puede apagar una larga y trabajosa existencia que fue feliz, sobre todo en los momentos de trabajo”.