La folclorista argentina que dedicó su vida a la investigación de la cultura musical latinoamericana falleció hace cinco años pero dejó un legado que atravesó los géneros de la disciplina artística. Un repaso por su obra y sentir nacional.

De madre santiagueña y padre tucumano se crio rodeada de música donde las cuerdas de la guitarra eran las que más escuchaba. Pero hubo un instrumento que cambió su vida. El tambor andino pre incaico (la caja) fue la que le abrió el camino de la música latinoamericana.

Ella la escuchó por primera vez mientras estaba en un pequeño hotel de Cafayate, Salta. Era pleno Carnaval y los golpes de tambor la despertaron a media noche. Leda salió al balcón de aquel hotel y vio a tres mujeres a caballo cantando bagualas. Tres horas las escuchó: “Descubrí un continente de la música ancestral”, dijo.

Leda II¿Ahora qué hago?, se preguntó a los 22 años. Con una beca de apenas tres meses que le dio el Fondo Nacional de las Artes en 1960, Leda Valladares comenzó su camino de recopilación e investigación de la música tradicional autóctona argentina. “Hice mi primera investigación y me compré el primer grabador de mi vida”, contó en una entrevista. “Si no me apuraba todo podía desaparecer”, recuerda.

Se graduó en la Universidad Nacional de Tucumán con el título de profesora de filosofía y luego también se licenció en Ciencias de la Educación. Pero la baguala y la vidala la cambiaron: “Ese canto de precipicio, esos gritos, esos despeñaderos del canto que son tremendamente dolorosos y abismales, se encuentra en todas las culturas ancestrales, eso está registrado”, dijo.

Su trabajo se volvió latinoamericano. Con su grabador comenzó a registrar el Mapa Musical Argentino. Fue recorriendo el folclore desde Ecuador hasta Santiago del Estero, allí donde la caja estuvo presente por toda Latinoamérica. “Esos cantos de callejones, ranchos, valles, quebradas o corrales”

Leda conoció en Francia a María Elena Walsh con quien formó el grupo María y Leda y con quien grabaron varios discos “Entre valles y quebradas” (1957) o “Canciones del tiempo de María Castaña” (1958, un compilado de antiguas canciones folclóricas españolas).

“Esos cantores de los valles de los que hay que aprender el misterio del canto”, les dijo para convencer en 1987 a varios artistas y músicos como Fabiana Cantilo, Pedro Aznar, Fito Paez o Gustavo Cerati y trabajar en conjunto y grabar bagualas. “Es una voz sideral, está en las entrañas”, repetía.

De Ushuaia a la Quiaca (1985) aquella experiencia que hace más de treinta años unió a Gustavo Santaolalla y a León Gieco para recorrer el país tuvo a Leda Valladares como una de sus protagonistas. La gente del rock “son los mejores herederos de este canto” decía Leda. Un gran canto colectivo con más de 1400 alumnos de diversas escuelas tucumanas culmina aquella experiencia.

Musicóloga, folklorista, escritora, poetisa, cantante, recopiladora, documentalista, Leda murió en julio de 2012 a los 93 años. Padecía mal de Alzheimer y vivía en un hogar de ancianos de Buenos Aires. “Recopilar es una infinita paciencia”, dijo. La importancia de documentar el sonido es su legado.