Instructores crearon un programa de yoga que se dicta en la unidad residencial 3 del Servicio Penitenciario Federal para que las personas en situación de encierro “entiendan que su potencial está intacto, más allá de lo que hayan hecho”. Los talleres se organizan en conjunto con la Dirección Nacional de Readaptación Social (DNRS) y la Subsecretaría de Promoción de los Derechos Humanos.

Patrick Haar
Internos de la unidad residencial 3 de Devoto

Ocho colchonetas ubicadas en el piso, dos sahumerios que aromatizan el lugar, música relajante de fondo, las piernas cruzadas, palma contra palma hacia el corazón, inhalar, exhalar y “Ong Namo”. Así comienza esta clase yoga, que se realiza en la cárcel de Devoto.

Es una vez por semana y dura casi dos horas, en las que los internos de la unidad residencial 3 del Servicio Penitenciario Federal, en Devoto, se relajan y contrarrestan el estrés del encierro, lo que mejora de su calidad de vida.

La actividad es una propuesta conjunta de la Dirección Nacional de Readaptación Social (DNRS) y la Subsecretaria de Promoción de Derechos Humanos de la Nación del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos, con la conducción de los dos voluntarios instructores de yoga, quienes donan de manera desinteresada su tiempo y conocimientos.

Vestido íntegramente de blanco, Ram Krishan Singh se levanta y ayuda a los ocho hombres a enderezar la espalda en una de las tantas posiciones que su compañera Ram Krishan Kaur pide formar. “Hoy nos toca el quinto chakra, el de la garganta, la comunicación, la expresión de palabras”, explica la instructora.

 

Mientras, del aula de al lado sale un grupo de internos con cuadernos y lapiceras quienes, curiosos, se quedan mirando en silencio la concentración y compenetración de sus compañeros.

“A un mes del inicio, la recepción ha sido buenísima”, señala Emmanuel Bonforti, responsable de Educación y Deportes de la DNRS. Y agrega que, si bien habrá una evaluación en diciembre, con tan buen funcionamiento, lo ideal sería federalizar la actividad y llegar a más unidades.

Cuenta, además, que los internos no son los únicos beneficiados con la propuesta sino que “al ver los resultados, incluso el personal del Servicio Penitenciario planteó tomar clases”.

Cuando la clase termina, los instructores reparten frutillas y frutas secas con los internos que agradecen por el buen momento que acaban de regalarles. Esta práctica que lideran y ofrecen desinteresadamente en cárceles, la denominan “Yoga para la libertad” y, dicen los voluntarios, les gustaría que crezca y se expanda.

Lo que son y lo que han sido

Uno de los objetivos sobre el que trabajan es que los participantes “puedan llegar a entender que no son lo que son ahora, que son y han sido otra cosa y pueden llegar a ser otra. Que entiendan que su potencial está intacto, más allá de lo que hayan hecho”, dicen los docentes.

Con esto coinciden todos en el equipo interdisciplinario a cargo de la actividad. En palabras de Bonforti: “Vivir en un espacio de encierro conlleva un estrés constante y es bueno contar con herramientas para manejar esa situación y tener un espacio de tranquilidad”.

Para ello sirven, según Ram Krishan Singh, las técnicas de respiración y relajación, lo que implica, “reconectarse con lo afectivo, con la esencia de uno, que va más allá de la circunstancia actual”.

“Los Ram”, como los llaman allí, sostienen que las respuestas al yoga vienen siendo muy positivas: “Era un desafío y salió muy bien. Estamos agradecidos con el personal del penal y el equipo del Ministerio por permitirnos brindar este servicio desinteresado y amoroso al prójimo llamado Seva”.

“Nosotros -cierra Emmanuel Bonforti- disfrutamos mucho de la actividad, que también es un desafío y nos gusta acompañarla. Agradecemos a los voluntarios y a la gente del complejo, que están pendientes de todo y nos abren las puertas”.