La prédica que en los Evangelios llama a amar al prójimo como a uno mismo, el padre Pedro Opeka la honra y practica mediante sus actos cotidianos.

Argentino, nacido el 29 de junio de 1948 en el Partido de General  San Martín, en el seno de una familia eslovena, este cura demostró, a lo largo de más de cuatro décadas de actividad en la República de Madagascar, que la pobreza no excluye el respeto de la dignidad humana y que es posible mejorar las condiciones de vida del prójimo si se está dispuesto a sacrificar el propio confort y el egoísmo.

Pero ese compromiso con los más necesitados, Opeka lo practicó de manera precoz: a los 17 años, al entrar en contacto con la comunidad de los mapuches, construyó en el Sur una casa para que se protegieran del crudo frío de la región. Cinco años más tarde, viajó como misionero rumbo a Madagascar, considerado uno de los países más pobres del continente africano, y decidió asentarse allí de manera definitiva. No se limitó a llevar la palabra y parábolas de Jesucristo, sino que rescató  de vivir en los basurales a más de medio millón de habitantes, levantó escuelas y barrios; el reconocimiento a ese esfuerzo desinteresado es la cercanía, la gratitud y el afecto que recibe de la gente, que lo llama “El Padre Pedro”.

Con su vigorosa energía y amparado en una fe religiosa inquebrantable, Opeka levantó de la nada un pueblo ubicado en las afueras de la capital del país, y lo ha bautizado con un nombre en español: Los Amigos. Nombre que encierra, naturalmente, una concepción del mundo: la amistad, la empatía con los otros, como emblema y motor de lucha. En la lengua local, la ciudad se llama Akamasoa.

Políglota –domina cinco idiomas- el cura se comunica con los habitantes de Madagascar en malgache; su acción ha sido siempre la de poner el cuerpo, no limitarse a brindar palabras de consuelo: participó activamente en el cultivo de arroz -el principal recurso e ingreso de la isla-, levantó con sus manos casas para aquellos que no tenían vivienda, los asistió (y sufrió) las enfermedades propias del régimen climático tropical y, acaso lo más destacable, transformó un basural en una ciudad habitable y carente de la indecencia de la miseria, que ha sido históricamente una marca distintiva de esa geografía insular. Son 17 barrios en los que viven más de 25000 habitantes.

No hay mayor misterio en las motivaciones del cura a la hora de dejar su vida en la Argentina y emprender la batalla contra la pobreza en un punto geográfico tan distante de su lugar de origen: “Todo hombre es mi hermano. ¿Cómo no lo voy a ayudar”, ha sostenido, y parte de esa sencillez evangelizadora es la que le ha granjeado que se hicieran 7 documentales y 10 libros alrededor de su figura y su obra.

Opeka estudió en Lanús, vivió en Ramos Mejía y cursó el noviciado en San Miguel. Más tarde, se formó en Filosofía en Eslovenia y estudió Teología en Francia. En 1975 se ordenó como sacerdote en la Basílica de Luján, y ese mismo año, decidió viajar para quedarse en Madagascar.

En la Argentina  su labor comenzó a conocerse pocos años atrás, y su proyección internacional lo ha hecho merecedor de títulos como “La Madre Teresa con pantalones” o “El Santo de Madagascar”.

Los primeros quince años del Padre Pedro en la isla transcurrieron en Vangaindrano, un pueblo de la costa sureste con aguas contaminadas, bosques arrasados y hambre entre la población. Sin embargo, aquellos años transcurrieron en un clima social en el que se respiraba el respeto entre las distintas generaciones. Años más tarde, se inició una segunda etapa en la vida del cura, cuando se trasladó a la capital de la isla, Antananarivo.  Allí, además de la miseria generalizada y la gente viviendo en los basurales, las relaciones entre los habitantes eran realmente conflictivas, y Opeka encontró, por ser blanco, una resistencia inicial de los nativos, ya que arrastraban cientos de años de sojuzgamiento y atropellos. Sin embargo, en el fútbol encontró un lenguaje común y participando en los partidos logró acercarse a la comunidad negra y ser, poco a poco, aceptado.

Aferrado al dogma laico de que sólo el trabajo otorga dignidad al ser humano (“El que no trabaja no come”, suele repetir como un mantra ), el cura introdujo en la isla esa concepción y se sumó , para dar el ejemplo, a las tareas de cosechar arroz. Además,  impulsó la creación de dispensarios y hospitales, redes de agua, maternidades, escuelas, guarderías y la cooperativa de campesinos. Hay ya 13000 chicos escolarizados, y un liceo para mayores, con 4 bibliotecas. También, se han abierto numerosas canchas de fútbol, basquet y pistas de atletismo.

Que uno de sus deberes ineludibles sea brindar misas multitudinarias, nunca  ha hecho que Opeka confunda el foco de su misión: “Esta es una obra de corte social, no religioso. La diferencia con otras tal vez sea que nos guían las enseñanzas de Jesús”, afirmó.

El paso inicial que puso en marcha la obra del argentino consistió en crear una pequeña casa para los chicos, un hogar situado al borde del vertedero donde vivían cientos de familias. Los chicos recibían allí  leche y té. Después convenció a los padres para que enviaran a sus hijos una hora antes de la merienda, y jugaba con ellos, cantaban y les enseñaba los rudimentos de la lectoescritura.

“No le regalamos nada a nadie. Todo es producto del trabajo. El asistencialismo fomenta que la gente espere todo de otros, y eso es lo peor que se puede hacer porque no se aprende a ser autónomo”, sostuvo en numerosas oportunidades.

Con la explotación de una cantera, obtuvo materiales (piedra, pedregullo, adoquines) que se vendían para financiar la construcción de viviendas, de la que el religioso participó porque su padre albañil le enseñó los secretos del oficio en la adolescencia. Así, un basural devino en ciudad con casas sencillas pero bien cuidadas y de diseño agradable: viviendas de dos plantas, hechas con ladrillos. En su composición territorial, cada barrio incluye huertas para el cultivo de vegetales y frutas. También hay hectáreas destinadas a los arrozales.

Desde hace años, la misión cuenta con donaciones y el apoyo de distintas ONGs de Europa. El 13 de enero de 1990 Opeka fundó, con un grupo de jóvenes colaboradores, la Asociación Humanitaria de Akamasoa. Casi 300.000 personas han pasado por su centro de acogida donde reciben ayuda temporaria.

Por el impacto y relevancia social de su obra, el padre Opeka fue candidato al Premio Nobel de la Paz en 2015.

“Si soy humano, si soy sacerdote, si soy cristiano, tengo que demostrarlo, no con palabras o discursos, sino con el trabajo, con la vida, con un amor concreto”, expuso en una entrevista. No caben dudas de que esas palabras las ha refrendado, día a día, durante más de cuarenta años, con los esfuerzos de su corazón generoso.