Yusra Mardini salvó su vida y la de otras veinte personas nadando durante tres horas en el mar Egeo. Hoy es un ejemplo para muchos desplazados que escapan de la guerra. Y fue nombrada embajadora de la ONU.

“Mi nombre es Yusra. Sí, soy la chica que nadó para salvar su vida y después nadó en los Juegos Olímpicos. La guerra me dio un nuevo nombre, un nuevo rol, una nueva identidad: refugiada. De pronto, se trataba de partir, dejar todo atrás y huir para salvar nuestras vidas. Dejar tu hogar, tus familiares y amigos y huir. Fue solo después de cruzar la frontera que me di cuenta de que había perdido mucho más que solo mi casa y mis posesiones. Había perdido mi nacionalidad, mi identidad, mi nombre. Ahora era una refugiada”.

Con esta carta pública, Yusra Mardini conmovió al Foro de Davos en enero pasado. La adolescente de 19 años se transformó hace dos años en un ícono de los refugiados. Su caso, y el de muchos otros, mostraron al mundo la dramático crisis humanitaria que vive Siria desde hace ya varios años. También evidencia las dificultades y las restricciones en Europa para acoger a las personas que escapan de la guerra y, en el caso de los países que sí reciben refugiados, qué hacer con ellos una vez han llegado.

csm_01.2017.11_Yusra1_a3a8817342La guerra de Siria empezó hace seis años, con protestas contra el presidente, Bachar el Asad. Se calcula que en ese lapso, murieron más de 300 mil personas. Un tercio de esas muertes son civiles. La ONU estima que la guerra provocó que haya cinco millones de refugiados. La gran mayoría vive en países limítrofes como Turquía, Jordania y Líbano. Otros seis millones de sirios son desplazados internos. En total, el conflicto obligó a la mitad de la población -22 millones de habitantes antes del inicio de la guerra- a dejar su hogar, según datos de Reuters. Casi un millón de sirios, además, pidió asilo en Europa: dos tercios de las peticiones fueron en Alemania y Suecia.

“Ser un refugiado es algo más que peligrosas huidas cruzando el mar y encuentros cercanos con la muerte. Para muchos de los recién llegados a Europa, la vida se centra en la espera de una decisión sobre su solicitud de asilo, una batalla frustrante por la reunificación familiar o una lucha para conseguir una educación o encontrar un trabajo”.

Yusra es de Damasco, donde vivía con su familia. Allí entrenaba natación con el apoyo del Comité Olímpico Sirio: en 2012 representó a su país en los Campeonatos Mundiales de Natación. Pero en medio de la guerra civil siria su casa fue destruida. Yusra y su hermana mayor, Sarah, decidieron huir en agosto de 2015. “Para nosotros era: o te vas y quizás mueras durante el camino, o te quedas aquí y mueres cada día”, dijo. En Turquía lograron meterse en en una embarcación precaria en la que iban otras veinte personas. A los 15 minutos de zarpar,  el motor de la lancha se apagó y empezó lentamente a hundirse.  Ella saltó al Mar Egeo con su hermana y, a nado, y durante tres horas, empujaron el barco y al resto de los pasajeros a un lugar seguro.

csm_01.2017.11_Yusra_5d316f492cLa historia tuvo final feliz: llegaron hasta la isla de Lesbos, y luego los trasladaron hasta Alemania, donde residen desde entonces. Sus padres también huyeron de Siria y viven en Alemania con sus hijas. “Ninguno de nosotros estaba preparado para ese viaje. Las desesperadas plegarias en el mar, la larga travesía, la humillación en las cercas con púas. Pero sin importar qué tan difícil fuera, sabíamos que no había vuelta atrás. Ya habíamos perdido todo, no teníamos otra opción más que seguir huyendo, para encontrar albergue, para encontrar la paz”, escribió Yusra.

“En algún punto, algunos de ustedes perdieron esa perspectiva. Cuando nuestras muertes en el mar se convirtieron en algo normal, y nuestra miseria en las fronteras se volvió algún habitual. Nos desvanecimos, nos cerraron las puertas. En algunas ocasiones, alguna imagen horrible los obligaba a enfrentar nuestro sufrimiento. Un pequeño niño muerto que yacía con su cara en la arena en una playa, la cara aturdida y cubierta de sangre de un niño en una ambulancia. Sin embargo, después de eso, la vida continúo. Muchos de ustedes nos olvidaron”, dijo en Davos.

Embajadora de la ONU

Hoy Yusra estudia en una escuela de Berlín. Y se convirtió en una poderosa voz para aquellas personas desplazadas forzosamente en cualquier lugar del mundo. Su resiliencia y determinación es un ejemplo para muchos refugiados. Desde el año pasado integra el primer Equipo Olímpico de Refugiados, que compitió en los Juegos Olímpicos de Río 2016. Desde entonces, Yusra colabora de manera muy cercana con el ACNUR, la agencia de la ONU para los refugiados. Por eso, hace dos semanas, el organismo la nombró Embajadora de Buena Voluntad.

Al aceptar su nuevo cargo, Yusra dijo: “Estoy impaciente por seguir difundiendo el mensaje de que los refugiados son personas normales que han pasado por circunstancias traumáticas y devastadoras, y que son capaces de cosas extraordinarias si se les da una oportunidad. El Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, Filippo Grandi, declaró que la joven es una fuente de inspiración: “A través de su impresionante historia personal, encarna las esperanzas, los temores y el increíble potencial de los más de diez millones de jóvenes refugiados en todo el mundo”.

csm_04.2017.27_Yusra_0b480401aaEn la Asamblea General de Naciones Unidas, en septiembre de 2016, Yusra había bregado por el derecho de los refugiados a vivir en un lugar seguro, tener acceso a la educación, a medios de subsistencia y a oportunidades de formación profesional. Y en enero de este año, en Davos, contó que la duración media del exilio es de 17 años, que los refugiados necesitan poder creer en su futuro y el de sus hijos, en lugar de vivir en la incertidumbre. “Con el estómago lleno, los refugiados pueden sobrevivir, pero sólo si se les da alimento para el alma serán capaces de prosperar”, declaró.

“Después del dolor y la tormenta llegan días tranquilos”, dice Yusra. Y alienta: “Quiero que nadie dé por perdidos sus sueños. Quiero que todos hagan lo que sienta su corazón, aún si es imposible”.

“No es ninguna vergüenza ser un refugiado si recordamos quiénes somos. Todavía somos los médicos, ingenieros, abogados, profesores, estudiantes que éramos en casa. Todavía somos madres, padres, hermanos y hermanas. Fueron la guerra y la persecución las que nos forzaron a huir de nuestros hogares en busca de paz. Eso es ser un refugiado. Eso es lo que soy”.