Miguel Hernández, a 75 años de su muerte

El rayo que no cesa: el recuerdo de un poeta universal

Fue sinónimo de poeta popular y comprometido con su tiempo. Sus versos siguen vigentes y son imprescindibles dentro de las letras españolas. Murió enfermo, en prisión, condenado por el franquismo al finalizar la Guerra Civil española.

Apenas tenía 31 años cuando murió el 28 de marzo de 1942. Miguel Hernández se transformó, sin embargo, en uno de los más importantes poetas de la literatura hispana. Es una referencia ineludible por su obra y su compromiso político: falleció enfermo de tuberculosis en una cárcel en la que estaba condenado por haber formado parte del bando republicano en la Guerra Civil española. En sus versos se reflejan los grandes valores universales del ser humano: la lucha por la libertad, la justicia social y la solidaridad. Valores que se recuerdan en estos días en España y en el resto del mundo, con motivo del 75° aniversario de su muerte.

Miguel Hernández Gilabert nació el 30 de octubre de 1910 en Orihuela, la ciudad que cita en uno de sus versos más hermosos, profundos y dramáticos no sólo de su obra, sino de toda la literatura española: la Elegía a Ramón Sijé. “Quiero minar la tierra hasta encontrarte/ y besarte la noble calavera/y desamordazarte y regresarte./Volverás a mi huerto y a mi higuera: por los altos andamios de mis flores/pajareará tu alma colmenera/de angelicales ceras y labores./Volverás al arrullo de las rejas/de los enamorados labradores”, le escribió a su gran amigo, también poeta, en ocasión de su muerte.

La familia Hernández era de origen humilde. El padre se ocupaba de comprar y vender cabras. Ese trabajo “permitió a la familia una vida sencilla, pero en ningún caso fronteriza con la miseria y la necesidad”, cuenta la biografía del Museo Miguel Hernández. Había empezado de chico a pastorear con su hermano Vicente y tuvo que abandonar los estudios a los 13 años y ponerse a trabajar, por orden de su padre. Pero fue un fervoroso lector de la poesía clásica española. Precisamente, de las bibliotecas de amigos, como las de Sijé.

En 1925 publicó sus primeros poemas. Y escribe en revistas culturales y en diarios locales. Ese año hizo su primer viaje a Madrid, con la idea de instalarse. Pero debió volver con la frente marchita. Al regresó a su tierra publicó “Perito en Lunas”, donde se ve la influencia de sus lecturas de infancia y juventud. A Madrid iba y venía, y recién diez años después se estableció de manera permanente. Para esa época ya había conocido a Federico García Lorca, Rafael Alberti y Pablo Neruda. “Todavía arrastra la influencia católica de su amigo Sijé, y su producción literaria mantiene un marcado acento religioso”, señala el museo.

Ese año empezó su relación con Josefina Manresa, el amor de su vida. En ella está inspirado uno de sus libros más famosos, “El rayo que no cesa”. “¿No cesará este rayo que me habita/el corazón de exasperadas fieras/y de fraguas coléricas y herreras/donde el metal más fresco se marchita?”, dice un fragmento.

“Recordar a Miguel Hernández que desapareció en la oscuridad y recordarlo a plena luz, es un deber de España, un deber de amor. Pocos poetas tan generosos y luminosos como el muchachón de Orihuela cuya estatua se levantará algún día entre los azahares de su dormida tierra. ¡Y éste fue el hombre que aquel momento de España desterró a la sombra! ¡Nos toca ahora y siempre sacarlo de su cárcel mortal, iluminarlo con su valentía y su martirio, enseñarlo como ejemplo de corazón purísimo!”, escribió Pablo Neruda.

Tumba_de_Miguel_Hernández_en_el_cementerio_de_Alicante,_España

Guerra y muerte

En 1935 se produce un gran cambio en su vida. Neruda y Vicente Aleixandre, ambos Nóbeles y padres de la élite literaria de la Generación del 27, lo protegen como a un hermano menor. Y, por otro lado, empieza a participar de una manera muy activa en la Guerra Civil española: a esa altura es un hombre ideológicamente maduro y políticamente comprometido. Se alistó en el Ejército de la República y es nombrado comisario cultural en el frente: combate en los frentes de Madrid, Andalucía, Extremadura y Aragón. La guerra se refleja en su poesía: en 1937 publica “Viento del pueblo”, que está dedicado a Aleixandre.

En 1937 se casó con Manresa. Al año siguiente murió su primer hijo, Manuel Ramón, a pocos meses de haber nacido. A él le dedicó el poema “Hijo de la luz”. La vida, el universo, lo compensaría poco después, con el nacimiento de su segundo hijo, Manuel Miguel, al que le dedicó, mientras estaba detenido, las famosas “Nanas de la cebolla”: “Desperté de ser niño./Nunca despiertes./Triste llevo la boca./Ríete siempre./Siempre en la cuna,/defendiendo la risa/pluma por pluma”.

“La última etapa de la vida de Miguel fue un cúmulo de despropósitos que convirtió su existencia en un auténtico calvario. Al desánimo personal, se unía el desánimo colectivo (la guerra estaba prácticamente perdida, y el miedo a la muerte y a la represión era más que patente). Su vía crucis personal comienza cuando, finalizada la guerra, intenta escapar a pie por la frontera portuguesa”, describe el historiador Francisco Escudero Galante.

Una vez detenido, lo llevan a la comisaría de Rosal de la Frontera, el primer paso de una larga detención. Le seguirían las prisiones de Huelva, Sevilla, Torrijos (Madrid), Orihuela, de nuevo Madrid, Palencia, Ocaña y Alicante. Sufre humillaciones y torturas. Un tribunal franquista lo condenó a muerte aunque luego se le conmutó la pena por la de 30 años de prisión. “Mantuvo siempre una integridad personal y una dignidad moral dignas de elogio: una simple carta de renuncia de sus convicciones políticas y de adhesión al nuevo régimen le hubieran permitido salir de la cárcel y recibir tratamiento médico en un sanatorio”, explica Escudero Galante.

En la cárcel terminó “Cancionero y romancero de ausencias”. No llegó a cumplir la pena: murió de tuberculosis el 28 de marzo de 1942 en la prisión de Alicante. El parte oficial de muerte señala que el cadáver quedó con los ojos abiertos.

“Nadie gemirá nunca bastante./Tu hermoso corazón nacido para amar/murió, fue muerto, muerto, acabado, cruelmente acuchillado de odio”, le dedicó su amigo Aleixandre en el poema “Elegía en la muerte de Miguel Hernández”.