Lo llaman “el cura Brochero de Neuquén”, en referencia al sacerdote que acaba de ser nombrado santo por el papa Francisco. En camioneta, mula o caballo, Diego recorre muchos kilómetros para llegar a los 22 parajes de la zona. 

Yendo a misionar como estudiante a la Villa Cura Brochero, en Córdoba, en 1995, conoció la figura del cura que hace poco fue proclamado por el papa Francisco como el primer santo argentino. “Recorría los puestos y ahí empecé a descubrir la huella de José Gabriel Brochero, que había estado en esos mismos lugares cien años atrás. Conocí su vida y su historia. La gente me decía: ‘Rezo para que algún día vuelva a haber acá un cura’”, dice Diego Canale. Hoy, más de veinte años después, Diego es religioso de una región que no tenía sacerdotes: en la parroquia Nuestra Señora del Rosario, de Andacollo, departamento de Minas, en el norte de la provincia de Neuquén. Allí, al borde de la Cordillera de los Andes, recorre los 22 parajes de la zona y ayuda a los 17 mil habitantes.

Diego tiene 38 años y es el cuarto de seis hermanos, tres varones y seis mujeres. Su mamá, Carmen Areco. Su papá, Alfonso, murió hace 22 años. Nació en la ciudad de Buenos Aires. Cuando terminó la secundaria empezó a trabajar por su cuenta: pintaba departamentos con un amigo, atendió un kiosco e hizo changas de lo que pudo. Estudió Comunicación Social y al poco tiempo viró hacia las Ciencias de la Educación. Tres años después vendría el gran cambió en su vida: el ingreso al Seminario Metropolitano de Buenos Aires para ser sacerdote, cuando tenía 23 años. Fue en 2002, en la parroquia Recoleta. En 2007 estuvo en Ciudad Oculta, un año después en la villa 1-11-14 y luego fue ordenado diácono en la Basílica de Luján y designado como cura de la parroquia Nuestra Señora de la Candelaria, de Floresta, donde ya había estado como seminarista.

Nacido y criado en una familia donde siempre hubo fácil acceso a sacerdotes, en los colegios, en las misas, no le entraba en la cabeza que en el mundo faltaran curas. “Y me dije: ¿Por qué no?”, relata hoy por teléfono

“Tenía muchas dudas y lo hablé con un cura amigo, que me señaló: ‘Dios no quiere que seas cura, quiere que seas feliz’. Yo me daba cuenta de que dando la vida y mi tiempo por lo demás era feliz. Y cuando lo hacía junto a Jesús, más feliz me hacía”

Durante el seminario hubo una figura importantísima para su formación: el entonces monseñor Jorge Bergoglio. “Siempre nos acompañó. Es un hombre de presencia. Cuando apareció la inquietud de querer ser cura donde no lo había, lo charlé con él. Apareció la necesidad en Neuquén y Bergoglio preguntó quién se animaba. Yo me ofrecí. Estaba recién ordenado, era chico, pero tomé esa decisión”, recuerda Diego.

Bergoglio, antes de ser designado papa, ordenó que vaya a Neuquén por cinco años. Diego empezó a ir en marzo de 2011. Y la Iglesia de la Candelaria tuvo una actitud muy buena: tener un párroco menos para que en otro lugar del país haya uno más. Eso fue fundamental: no fue sólo una decisión mía, sino también de una parroquia que acompañó ese proceso”, destaca.

Tiempos de aprender y escuchar

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Llegar a Neuquén “fue algo muy lindo”, dice. Fue a Andacollo, una zona en la que hacía mucho tiempo que no había referentes de la Iglesia. “Lo tuve que buscar en internet para saber dónde quedaba. Llegué, conocí y me di cuenta que no eran sólo cuatro mil habitantes, sino los 17 mil que viven en todo el departamento de Minas”, dice Diego. Los primeros tiempos fueron de aprendizaje, de mirar y conocer a los pobladores. De tomar contacto con las necesidades y urgencias.

“Tenía que escuchar el corazón de la gente del norte neuquino. Me tomé muchísimo tiempo para escucharlos. Y los sigo conociendo. Mi intención era mostrarles que la iglesia era cercana, que el llamado de Francisco de salir a la periferia se cumplía”

A su llegada, muchas cosas le llamaron la atención. “La solidaridad de la gente, por ejemplo. O la falta de conocimiento que había entre los 22 pueblos del departamento de Minas,  con poco vínculo entre ellos. Hoy es distinto: en cada fiesta todos nos movemos, nos encontramos”. Lo explica con una metáfora: “Un sacerdote debe ser como la levadura en la masa: mezclarse, pero para que el pueblo crezca. Eso es lo que uno intenta ser en esta pequeña porción del norte neuquino”.

Diego recorre una zona de 6700 kilómetros cuadrados que está sobre la Cordillera de los Andes, limitando con Chile. “No lo hago solo, permanentemente se arman comunidades. Misioneros, catequistas, bautizadores”. ¿Cómo transita esas distancias? Con camión, camioneta o en mula. Diego menciona que, como en muchas zonas del país, las necesidades son muchas. Dice, por ejemplo, que lo que más hace falta siempre es calzado, por los caminos de piedra y ripio, que destruyen todo.

“No soy cura solo para los católicos, sino para todos los habitantes del norte neuquino. Todos los días hay que salir recorrer y encontrarse con la gente”.

Como si ocuparse de toda la zona no fuera poco, Diego tiene un proyecto nuevo: “El camión de la alegría”. “A través de Desarrollo Social de la Nación conseguimos equipos de sonido y juguetes inflables. Yo llevo el camión con un grupo electrógeno, acompañado de jóvenes de distintos parajes, y hacemos un oratorio. Llegamos y hacemos fiestas para los niños, jugamos con ellos. Yo soy sólo chofer y articulador, el resto lo hacen los pibes, que tienen muchas ganas de dar la vida por los demás.”