Desde ascensores hasta funiculares, son transportes públicos que conectan puntos alejados por distancia o altura. Cómo se desarrollaron, qué normas los regulan y cuáles son sus más recientes aplicaciones en el mundo.

Los medios de elevación urbanos son una solución para sortear las dificultades que presenta el terreno. Si al hablar de ascensión vertical se piensa en el elevador de un edificio, se estaría reduciendo el universo de esos medios de transporte urbano a sólo un prototipo: en contextos urbanos hay que contar montacargas, funiculares, escaleras mecánicas, cintas transportadoras (o caminos rodantes), guardas mecanizadas de vehículos y rampas móviles, entre otras alternativas. Frente a esa bastedad existen normas específicas que reglamentan cómo deben instalarse, mantenerse, funcionar y utilizarse esos implementos de elevación, que llevan entre nosotros más de 200 años.

El concepto de un mecanismo autónomo de traslado en altura no remite a la Modernidad sino a períodos previos: En obras de teatro de la Antigua Grecia ya se empleaban plataformas jaladas por una soga enrollada en un tambor. Complejizando ese mecanismo básico con una serie de poleas, Arquímedes llegó a profetizar que -así como lograba botar al mar a los barcos- sería capaz de mover a La Tierra de su eje munido sólo de un punto de apoyo y esta tecnología.

Ya adentrada la Modernidad, en 1743, el rey Luis XV de Francia incorporó al ascensor en su diseño del Palacio de Versailles. Un hombre tenía que estar siempre atento para tirar de una cuerda que subía a los empleados de servicio a un acceso especial. Para la misma época, otros ascensores fueron documentados en Hungría, China y Egipto, pero funcionaban usando tracción animal, lo que le permitía impulsar más peso.

Apenas unas décadas luego, los elevadores se aplicaron con fines industriales, en las minas de carbón, especialmente, aprovechando el plano inclinado.

La seguridad, la prioridad

Para mediados del siglo XIX, el más famoso de los desarrolladores de ascensores, Elisha Otis, revolucionó el mercado con una invención complementaria que sentó un precedente imborrable en la industria. A mediados de siglo, durante una feria internacional de innovación llevada a cabo en Nueva York, el inventor hizo que lo elevaran en una plataforma más allá de la altura de la multitud presente. Al pie del aparato, un ‘verdugo’ con un hacha asestó un golpe contra la soga pero Otis no se cayó: había inventado el freno automático.

Desde entonces, los sistemas de seguridad se modernizaron, sí, pero no dejaron de aplicarse. De hecho, se exige por ley. En la Ciudad de Buenos Aires, según un informe de la Subgerencia Operativa de Elevadores del Gobierno porteño, hay unos 78.870 elevadores registrados.

Con esa prerrogativa afianzada, la legislación -también porteña- puso el ojo en la accesibilidad: la Ley 962/2003 (Modificaciones al Código de Edificación de CABA: Accesibilidad Física para Personas con Necesidades Especiales) fijó cómo debían ser esos cubículos en orden a la universalidad de su uso. La norma se hizo extensiva a muchas jurisdicciones del país que no elaboraron una legislación propia sobre nuevas instalaciones de ascensores.

Allí se enumeran, por caso, las características de las tres categorías de elevadores considerados aptos para garantizar la accesibilidad de las personas con movilidad reducida, según la volumetría de su cabina, así como la cantidad mínima requerida por complejo habitacional.

Funiculares y aerosillas

No sólo en los edificios se comparten los medios de transporte. Los habitantes de algunas ciudades del Mundo requieren traslados compartidos de un punto muy distantes entre sí, a través de una ruta fija, a causas de las fallas del terreno. Una de las ideas más desarrolladas es el funicular.

Existen desde la década de 1860, cuando se construyó el primero de ellos en Lyon (Francia). Le sucedieron, cronológicamente, sus émulos de Hungría, Austria, Turquía, Reino Unido y Portugal, en un lapso de menos de 20 años. A América del sur llegaron en la última década del 20, más precisamente, a Valparaiso, Chile.

En general, los funiculares emplean cabinas colgantes de cables de acero que conectan dos o más regiones de altura. Se usan para turismo pero también para que los locales transiten más seguros todos los días. En Lisboa, ruedan cuatro de las líneas que fueron erigidas antiguamente (desde 1884) para comunican sus empinadas cuestas.

En aquel momento eran accionados mediante contrapesos, por eso llevaban grandes tanques de agua delante o detrás que movían el vagón por gravedad. Pero no pasaron dos años para que se añadiera la impulsión a vapor que mejoró su rendimiento. La electricidad llegó a principios del siglo XX. En 2002, todos los elevadores de Lisboa son declarados parte del Patrimonio nacional portugués.

Por las escaleras, sin sudar

Otro de los artificios de locomoción más comunes es la escalera mecánica y el camino rodante. Como en todos los casos, sirven para ahorrar esfuerzos a sus ocupantes pero también zanjan diferencias de altura o distancia con relativa sencillez técnica: Su funcionamiento consta de un sinfín alimentado por un motor eléctrico.

Recientemente, en Colombia se decidió aplicarlo a gran escala y comunicar un barrio entero afincado en una ladera serrana. Según consignó la agencia de noticias AFP, desde mayo de 2012 las primeras escaleras mecánicas del mundo ubicadas en un barrio popular funcionan en la Comuna 13, de Medellín. Su servicio, gratuito y administrado por Alcaidía de Medellín, está disponible entre las 5 y las 22. Los locales se ahorran de este modo de caminar hasta 350 escalones sobre terreno empinado.