Los procesos judiciales contra los jerarcas nazis, a fin de la Segunda Guerra Mundial, significaron un avance en la jurisprudencia en materia de crímenes en contra de la humanidad. Qué cambió y qué precedentes crearon.

La ciudad alemana estaba casi destruida por los bombardeos, pero se la eligió igual porque era la única que tenía un edificio de tribunales que seguía en pie y que era lo bastante grande para llevar adelante el proceso. Así, Nüremberg pasó a la historia por los juicios que se hicieron a poco de terminada la Segunda Guerra Mundial contra los jerarcas de la Alemania nazi. Para ello, se había creado en agosto de 1945 el Tribunal Militar Internacional (IMT, por sus siglas en inglés). Estaba formado por un juez titular y uno suplente de cada uno de los países aliados vencedores: Francia, Gran Bretaña, la Unión Soviética y Estados Unidos. La experiencia de Núremberg, además de llevar justicia a las víctimas del Holocausto, fue la piedra basal para el desarrollo de una jurisprudencia internacional en materia de justicia universal.

El antecedente de Nüremberg fue la Declaración de Moscú, firmada en octubre de 1943 por el presidente estadounidense Franklin D. Roosevelt, el primer ministro inglés Winston Churchill, y el líder soviético Josef Stalin. Según explica el Museo Conmemorativo del Holocausto de EEUU, el acuerdo estipulaba que los acusados de crímenes de guerra serían enviadas al país en el cual los delitos habían sido cometidos. Ahí, serían juzgados según las leyes de la nación interesada. Y los grandes criminales de guerra serían sentenciados de acuerdo a lo que decidieran en conjunto los gobiernos Aliados.

Dos años después, el 20 de noviembre de 1945, empezó el juicio contra 22 oficiales de alto rango del derrotado gobierno de Adolf Hitler. El fiscal estadounidense Robert H. Jackson, que era juez de la Corte Suprema de su país, presentó las acusaciones. “Los delitos que aquí tratamos de castigar son de una naturaleza tan abyecta y destructiva que la civilización no puede permitirse pasarlos por alto, porque la civilización no podría seguir existiendo en caso de que alguna vez se repitiesen”, dijo.

El TMI procesó a los acusados por conspiración, crímenes contra de la paz, crímenes de guerra, y crímenes contra la humanidad. El tribunal además definió los crímenes contra la humanidad como “el asesinato, el exterminio, la esclavitud, la deportación y las persecuciones sobre bases políticas, raciales, o religiosas”. Era novedoso en ese momento: responsabilidad legal de los jefes militares en razón de los crímenes que habían ordenado cometer.

Al tribunal se le confirió autoridad “para intentar castigar a las personas que, actuando en el interés de los países europeos del eje”, cometieron alguna de estas cuatro categorías de delitos: conspiración, crímenes contra la paz, crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad. La experiencia en Núremberg representó un avance jurídico y la ONU lo tomó de ejemplo para crear una jurisprudencia específica internacional en materia de crímenes en contra de la humanidad.

“Nunca antes en la historia jurídica se hizo el esfuerzo de reunir en el ámbito de un único litigio los acontecimientos de una década, que afectan a todo un continente e involucran a muchas naciones, incontables individuos e innumerables hechos”, dijo el fiscal Jackson.

Juicio al mal absoluto

El proceso fue cubierto por medios de prensa de todo el mundo: de los 350 asientos que tenía la sala, 250 estaban asignados a periodistas. Declararon 101 testigos de la defensa y se estudiaron más de 300 mil declaraciones y unos tres mil documentos. El proceso fue innovador también porque fue el primero en tener traducción simultánea. El estatuto del IMT “establecía que los acusados tenían derecho a un juicio justo y que debían traducirse todos los procedimientos a los idiomas que los acusados entendieran”, explica la web del Museo Conmemorativo del Holocausto de EEUU.

El debate oral duró casi un año. El 1 de octubre de 1946 se conoció la sentencia: pena de muerte para doce de los acusados. Otros tres fueron condenados a cadena perpetua, cuatro obtuvieron penas de diez a veinte años de prisión. Tres fueron absueltos. No fue el único juicio. Bajo la tutela de la IMT hubo otros doce procesos judiciales,  “los juicios posteriores a Núremberg”, tal como se los conocen, se imputó a 183 acusados. Uno de ellos, por ejemplo, fue contra Rudolf Hoess, comandante de Auschwitz, el mayor campo de exterminio nazi (un millón de judíos fueron asesinados sólo allí). Un tribunal polaco lo condenó a muerte en 1947.

“Como resultado de la clemencia de posguerra, las autoridades que revisaron los casos posteriormente conmutaron muchas condenas por períodos más breves y liberaron a algunos individuos por el tiempo de condena ya cumplido”, señala el Museo Conmemorativo del Holocausto de EEUU. Estos criminales de guerra fueron procesados por tribunales militares en las zonas inglesa, estadounidense, francesa y soviéticas de la Alemania y la Austria ocupada, y también en Italia.

Hoy existen tribunales especiales para la ex Yugoslavia y para el genocidio de Ruanda: el marco y el vocabulario rector para estos tribunales se fundamentan en los precedentes sentados en Núremberg.

Hora cero

“Los delitos cometidos por las más altas instancias solo podían ser dirimidos ante una instancia aún más alta que la representada por la Justicia estatal: un tribunal transnacional que actuase conforme al derecho internacional. Eso es lo que, por primera vez en la historia de la civilización moderna, tuvo lugar en Núremberg cuando el final de la Segunda Guerra Mundial situó a la historia en una hora cero, en el corazón de una Europa donde no solo se había producido el derrumbe de la soberanía estatal, sino también de las categorías occidentales de la moral y la humanidad”, escribió el jurista Thomas Darnstädt, autor de “Nüremberg 1945: los delitos contra la humanidad en el banquillo”.

Darnstädt destacó: “Es mérito universal de los juristas de las cuatro potencias vencedoras allí reunidas haber sentado un precedente que ha hecho posible, hasta hoy, someter a estadistas y jefes militares a esos fundamentos conforme al derecho internacional”.

Los principios de Nüremberg, un conjunto de criterios que determinan qué constituye un crimen de guerra, se convirtieron en modelo de trabajo para tribunales de todo el mundo. En base a ellos se creó el Tribunal Penal Internacional de La Haya: ante esa corte jefes de Estado o militares pueden ser acusados por sus delitos contra la humanidad. También permitieron juzgar a genocidas más allá de sus fronteras. Es lo que intentó hacer el juez Baltasar Garzón, al procesar y detener a ex militares de Chile y Argentina, a fines de los 90.

El Holocausto fue un crimen sin precedentes y el mundo se enfrentó a un desafío: cómo procurar justicia para un comportamiento criminal inédito. Por eso la experiencia de Núremberg sentó precedentes en el derecho internacional, en la documentación de registros históricos y “en la intención de comenzar de alguna manera, nunca suficiente, la búsqueda de la justicia”.