Lidia Ortíz de Burry, profesora de geografía

Al servicio de causas nobles y de los más necesitados

Tiene 91 años y no hay manera de que se quede quieta: desde hace veinte años viene transitando el camino que hace de la solidaridad un deber nacido del corazón, y no deja de tender su mano hacia el prójimo.

En 2013 puso en marcha una idea que continúa hasta el día de hoy: sus mañanas y sus tardes las ocupa confeccionando almohadones y muñecos de trapo para los niños de comunidades aborígenes de distintos puntos geográficos de la Argentina. Vive en la ciudad de La Plata y dedicó su vida activa a la docencia, desempeñándose como profesora de Geografía.

“Empecé con los almohadones y muñecos cuando ya no pude manejar más, por la pérdida de visión en un ojo, y comencé a estar en casa la mayor parte del tiempo. Me habían contado que en el Norte del país, en muchas escuelas, los chicos no tenían bancos y se sentaban en el suelo de tierra. Entonces decidí fabricar almohadones para que tuvieran algo sobre lo que sentarse -cuenta esta incansable mujer, abuela de 19 nietos-. Y los muñecos de trapo también los incorporé porque en esas zonas los chicos casi no tienen juguetes”. Movilizada por un afán altruista, ha montado una suerte de taller de confección en el comedor de su casa, rodeándose de agujas, telas y rellenos.

La distancia geográfica entre la casa de Lidia y los chicos a los que ayuda podría ser un impedimento para que su iniciativa se convirtiera en realidad, pero encontró un enlace benefactor en la Asociación de Padrinos de Escuelas rurales y también en la Comisión de Ayuda a Escuelas Argentinas. Ambas instituciones se ocupan de entregar los envíos del material realizado a las escuelas-rancho del norte formoseño y a distintos establecimientos educativos emplazados en la Puna jujeña. “Estas asociaciones me permiten enviar un metro cúbico de manualidades, y allá las reciben el padre Jesús en Humahuaca y también la gente de la Quiaca”, cuenta. También, confecciona manualidades para las tribus mapuches del sur del país.

Como una de sus motivaciones es que los chicos no pierdan sus raíces, Ortiz de Burry se ocupó de conseguir y estudiar libros que reflejaran la idiosincrasia y el acervo de las comunidades aborígenes, y cada almohadón, gracias a su deseo de ayudar desde el respeto cultural, incluye un diseño de símbolos y dibujos propios de las etnias wichi y toba.

Para la confección de los almohadones y juguetes recibe la colaboración de tapicerías que le ceden retazos, sobrantes de fábricas de lanas y firmas de pulóveres que también le donan productos que no pueden venderse por algún desperfecto en la confección. Aunque no tiene una cifra exacta, estima que de ambas manualidades realiza unas 50 unidades por mes, y admite que los almohadones “los pinto y hago bastante rápido”. Los juguetes de paño son de motivos variados: muñecos, peces, patos, y perros con la idea de que “los chicos tengan variedad de animalitos para jugar”.

Otra de las iniciativas que ha tenido previamente la ex docente es montar en madera, decorar y donar pequeños espejos porque en una oportunidad, sus aliados de la Comisión de Ayuda a Escuelas Argentinas, le comentaron que los chicos de las apartadas escuelas rurales norteñas no habían visto nunca sus propias caras. “Cuando les sacaban fotos se desesperaban por verlas porque desconocían su fisonomía. Me indigné porque no es posible que una persona no conozca quién es ella misma. Además que allá, en Formosa, los ríos son turbios, por lo que no pueden ver su reflejo, así que mi decisión de ayudar fue muy simple”. Así, envió más de 700 espejos para 16 escuelas formoseñas a las que concurren 1300 chicos.

Pero la solidaridad para Lidia no es un asunto novedoso.  En el 2000 se impuso desarmar a los jóvenes del conurbano y empezó a recoger armas a cambio de dinero, que procedía de una herencia familiar. “Vi la necesidad que había en las villas, y acercaba alimentos a los comedores. Y ahí me enteré de los enfrentamientos entre bandas, del miedo a las balas perdidas y me dije ´hay que sacar las armas´ y traté de aportar mi parte”.

Con algunas dificultades en la movilidad de un brazo, Lidia cuenta con la ayuda de su empleada Pilar para enhebrar agujas o disponer de los retazos. “Ella se ocupa de toda la casa y además me ayuda con lo de los almohadones, y para mí, como dice su nombre, es un verdadero pilar que me sostiene”.

La historia de Ortiz de Burry demuestra que no hay edad ni excusas para ponerse al servicio de los otros, y que esa energía puede materializarse en actos concretos porque “la solidaridad es una cadena en la que nos vamos enlazando y entre todos podemos ayudar a cambiar las cosas injustas que nos rodean”.