Se sobrepuso a una infancia difícil y llegó a transformarse en la primera mujer en cantar en mapuche y en dar a conocer la cultura de su pueblo. Murió en 1987. Hoy escuelas, bibliotecas, coros y hasta calles llevan su nombre a modo de homenaje.

Una muerte joven impidió que pueda seguir dejando huella. Fue una cantante que jamás grabó un disco, pero que usó el canto como una forma de difusión de la cultura de su pueblo: “A través de la palabra les devuelvo retazos de la memoria, eso que siempre nos han querido borrar”, dijo alguna vez Aimé Painé, la voz del pueblo mapuche-tehuelche.

Había nacido en agosto de 1943 en Ingeniero Huergo, Río Negro. Fue abandonada por su madre, que era de origen tehuelche, y después separada de su padre mapuche, que no podía hacerse cargo de ella y sus hermanos. Terminó, a los tres años, en el orfanato del Colegio María Auxiliadora de la ciudad de Mar del Plata.

Las leyes, esas que se hicieron producto de la construcción de un país que se creyó por fuera de lo indígena y que “vino de los barcos”, terminaron por hacer que fuera anotada con el nombre de Olga Elsa. Tiempo después, descubrió sus orígenes indígenas y comenzó a llamarse de acuerdo a sus ancestros mapuche-tehuelches, Aimé Painé.

Estuvo en el orfanato y allí integró el coro de canto gregoriano. Su voz se destacaba. A los siete años esa voz, cuentan, la sacó de allí: Héctor Llan de Rosos y su esposa la adoptaron. Aimé terminó estudiando en Mar del Plata y luego en Buenos Aires.

“’No tenés que olvidar que tu pueblo fue un pueblo de valientes’. Fue una sola frase, dicha como al pasar, pero todo el mundo sabe qué peso puede tener una sola frase en la mente, en la vida de un niño. Y yo, durante toda la infancia, me aferré a esa frase, la recordé siempre como unas palabras mágicas capaces de conjurar el fantasma de la locura”, dijo en una entrevista.

Quiero saber quién soy

Ya en Buenos Aires, ingresó en el Coro Polifónico Nacional. Casi de forma mítica se difundió que durante un encuentro internacional de coros en Mar del Plata, donde cada país preparaba una obra de música indígena, Argentina era el único país que no lo tenía y que eso la habría llevado a volver a sus raíces.

Sin embargo, Aimé relató que en 1972 escuchó al historiador, arqueólogo y escritor Rodolfo Casamiquela en la radio, en un programa que hablaba sobre los pueblos originarios de la Patagonia. Aimé lo fue a ver a la salida de la radio, se presentó y le dijo “quiero saber quién soy”. Allí comenzó a conocer su historia mapuche-tehuelche y a cantarla un año después, en 1973.

Cristina Rafanelli, autora del libro “Aimé Painé, la voz del pueblo mapuche”, explicó en una entrevista que Aimé “no grabó nunca, es cierto, pero cantaba por todo el país, en todo lugar que la recibiera”.

Rafanelli recordó la vez en que Aimé fue al programa de Mirtha Legrand. “Fue en plena dictadura. Su presencia resultó un impacto: apareció vestida a la usanza de las mujeres antiguas de su comunidad, con toda la platería, y empezó a hablar y a contar, ¡y los teléfonos explotaron! Debemos entender el contexto histórico: además de la dictadura argentina, por entonces estaba también la chilena. Los mapuches solían ocultar su raíz y no se asumían como tales, por miedo a la discriminación. ¡Y Aimé apareció a la mesa de Mirtha ataviada como una mapuche, exhibiendo lo maravillosa que era su cultura!”.

Algunas grabaciones de recitales en Esquel se pueden encontrar buscando por Internet. Su voz se puede escuchar y con ella, el rescate de su cultura y también de los instrumentos mapuches.

Consultada sobre la sangrienta Campaña del Desierto, dijo en una entrevista: “Yo no quiero hacer tanto hincapié en la matanza, que fue obra de los militares y oligarcas de aquella época, como en la lucha del indígena americano por defender su dignidad, su cultura. Quiero hablar de sus vidas, que son su obra; y no de sus muertes, que es obra de otros. Esos otros hablarán, responderán por su crimen”.

En 1987 sufrió una hemorragia cerebral, mientras grababa un programa de TV en Paraguay. Murió el 10 de septiembre, a los 44 años. Fue enterrada en su pueblo, junto a la tumba de su padre, Don Segundo Painé, que murió después que su hija. Una decena de escuelas, biblioteca, coros y hasta una de las calles Puerto Madero llevan su nombre, en homenaje a la mujer que llevó la cultura mapuche a ser conocida por todo el mundo.