Waldemar Cubilla-promotor cultural-En la Universidad de San Martín
Waldemar Cubilla en UNSAM

Se convirtió en promotor cultural de su barrio luego de recibirse en la cárcel. Desde La Cárcova, San Martín, propone una alternativa para quienes recuperan la libertad: “Estudiar es la única posibilidad a vivir en una villa”.

La primera biblioteca que Waldemar Cubilla fundó fue en la celda de una cárcel en la que cayó preso. Ahí leyó la novela de Gabriel García Márquez, Cien años de soledad. Le gustó tanto que fue el libro que más le dolió perder: se lo olvidó debajo del colchón en un traslado. A ese anaquel librero le seguiría uno más grande, para todos los presos, y un tercero, universitario, cuando con un grupo de compañeros presos lograron llevar a la Universidad de San Martín a la cárcel.

Cubilla, con la UNSaM, donde funciona el CUSAM
Cubilla, en la UNSaM, donde funciona el CUSAM

Se recibió de sociólogo en libertad y decidió que la próxima biblioteca que fundaría iba a ser en su barrio, La Cárcova (en San Martín), uno de los más grandes de la provincia de Buenos Aires. Pero esta vez el sueño no era sólo formarse y ayudar a otros a hacerlo, sino crear un espacio para ayudar a que ni él ni sus compañeros ni el resto de los jóvenes del barrio cayera preso.

Eso es la biblioteca popular La Cárcova, un espacio que Cubilla y a un grupo de personas que también recuperó la libertad levantaron en un basural y hoy ofrece talleres de alfabetización, teatro, percusión, yoga, plástica y fotografía, recibe estudiantes del programa FINES, acompaña a jóvenes en conflicto con la ley penal, y sobre todo, reúne a más de cincuenta familias del barrio.

-¿Cuándo empezó tu vínculo con la lectura?

-En La Cárcova uno crece con ese ideal de la cárcel, del delito, de la noche, del consumo. En mi casa no había biblioteca pero eso no inhabilitaba mi escolaridad, nunca dejé de estudiar, siempre estaban los libros ajenos de la escuela o biblioteca. En mi primera condena estudié en la cárcel también y el secundario lo hice dos veces porque cuando caí a los 18 pasaba a quinto año, pero en el penal no lo podía acreditar porque mi familia tenía pocas visitas y les costaba ir a pedir el certificado de estudio, así que volví a empezar. Después me recibí de sociólogo y hoy soy profesor y estoy haciendo mi doctorado.

-¿Qué te motivaba a seguir estudiando en la cárcel?

-Es la única posibilidad a vivir en una villa, con el basural, la cárcel y el narcotráfico, que no es narcotráfico sino ‘papeleo’, como horizontes posibles. Hay toda una corriente que dice que nuestras escuelas son un desastre, que la educación pública no es de calidad, que algo de real tiene, pero poco para mí. Aún si suponemos que es así, para un pibe de villa es la posibilidad de un cambio de vida. Sin ventilador, con el techo lleno de humedad cayéndose a pedazos, quiero estudiar igual.

-¿Cómo repercutió tu historia en el barrio?

-Se amplificó porque no es solo un ideal sino algo concreto, que hoy es la biblioteca popular en el barrio. “¡Y al loco lo invitó el Papa a Roma!”, dicen. “¿Y cómo hiciste?”, preguntan. Y siempre digo: leyendo, estudiando. Los llevo a conocer la universidad (del partido homónimo, UNSaM) para que sepan que es pública, dónde queda, cómo pueden ir.

“¡Y al loco lo invitó el Papa a Roma!”, dicen. “¿Y cómo hiciste?”, preguntan. Y siempre digo: leyendo, estudiando.

-¿Cómo lograron acercar la universidad a la cárcel?

-Ya veníamos con la biblioteca armada y dando talleres de alfabetización para nuestros compañeros. Éramos un grupito de 5 o 6. Teníamos pocos libros. Improvisábamos. En ese entonces significaba compartir la prisión, el encierro, más que sólo aprender a leer. Empezamos a escribir cartas de donaciones a las librerías de la zona, pedimos a la familia, etc. Después enviamos una carta a la UNSaM pidiendo que se reconozca nuestro derecho a la educación y ellos respondieron. Ahí se creó el Centro Universitario San Martín (CUSAM) en la Unidad Penal 48 de José León Suárez.

-¿Qué cambios generó eso entre los presos?

Nota a Waldemar Cubilla en UNSAM.
“Me pregunté ‘cómo hago para que mi hijo no herede la celda'”

-Ya no está en discusión, al menos en la 48, que el que estudia no es un gil. Fuimos pibes sufridos los que arrancamos: yo estuve 9 años preso… No uno, no entré y salí. Para el discurso de los presos, todos los que estudiaban eran giles, pero cuando nos empezamos a ir, salieron en libertad los primeros -esos sobre los que decían que iban a morir en la cárcel-, llamó su atención. Hoy en el penal son 5000 personas más o menos y de esas, entre 1500 y 2000 transitan el espacio de la universidad. Muchos presos de otras cárceles quieren venir a la 48 a estudiar. Cambió el rol de la universidad en la cárcel porque estudiás y está la libertad.

-¿Por qué creaste la biblioteca cuando saliste en libertad?

-Con varios compañeros pensamos que si todo lo que hicimos en la cárcel terminó en la universidad, a qué situación llegaríamos en la villa. También se creó el Centro Cultural Los Amigos en otro barrio de San Martín. La idea ahora es que los que vayan saliendo experimenten estas organizaciones cada uno en su barrio. Trabajamos todos los días para que nadie caiga preso. Con mi compañera tuvimos a nuestro hijo mayor en la cárcel. Entonces, la primera pregunta que me hice fue cómo hago para que mi hijo más chico no herede la celda. Hoy tiene 7, pero dentro de once años la cárcel y la celda donde estuve van a seguir estando ahí. Y esa preocupación alcanzaba a todos los chicos del barrio. Y aunque nosotros digamos esto, caen presos igual, pero entonces el objetivo es cómo hacemos para que salgan y, si salen, cómo hacemos para que no vuelvan a caer.

-¿Cómo se logra?

-A través de la educación, del trabajo y del reconocimiento de los saberes del pueblo, es decir, el modo en que le damos valor a la experiencia de la gente que vive en la villa. Justicia es que nuestra voz se pueda escuchar. La biblioteca popular es un puente entre la experiencia práctica y el saber más académico.