Irena Sendler, figura de la resistencia en la Segunda Guerra

La enfermera que enfrentó al nazismo y salvó a 2500 chicos

Logró que miles de niños no sean trasladados a los campos de concentración y los ubicó con familias católicas. Fue llamada “el ángel de Varsovia” y también “la Schindler polaca”. Murió en 2008, a los 98 años. Su vida fue llevada al cine.

Fue un ejemplo de enorme coraje contenido en un cuerpo pequeño. Desde una posición de absoluta fragilidad ante el poder exterminador, la enfermera Irena Sendler se convirtió en una de las grandes figuras de la resistencia polaca que enfrentó a los nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Con su compromiso humanista, consiguió algo que pudo parecer un milagro: evitó que 2500 niños de origen judío fueran trasladados a los campos de concentración de Hitler, ubicándolos en distintas familias católicas de Polonia.

Eran los tiempos de Varsovia ocupada por las tropas nacionalsocialistas e Irena cumplió un rol activo dentro de las filas de resistentes, uniéndose al Zegota, el Consejo de Ayuda a los Judíos, a fines de 1942. Pero además llevó a cabo la proeza de sacar del gueto de Varsovia a miles de niños condenados a la inanición o las cámaras de gas. Había obtenido un pase del Departamento de Control Epidémico de Varsovia para poder ingresar al gueto en forma legal.

Irena-SendlerSu método de salvataje fue realmente arriesgado y sorprendente: sacaba a los niños en cestos de basura, en valijas, en cargamentos de mercaderías y también en ataúdes, y les conseguía una nueva identidad. Los ocultaba en solidarias familias católicas y en conventos.

Finalmente, fue descubierta por la Gestapo y soportó terribles torturas sin delatar el destino de ninguno de los chicos rescatados. Sus pies y piernas fueron quebrados, pero su espíritu no cedió y mostró su temple.

Su tarea, además de admirable, era minuciosa: para preservar la seguridad y las raíces de los niños, ocultaba sus nombres verdaderos y sus identidades apócrifas en latas de conserva que enterraba debajo de un manzano del jardín de la casa de un vecino.  Los alemanes detectaron su ardid, la detuvieron en octubre de 1943 y la condenaron a muerte. Pero los miembros de la resistencia polaca consiguieron rescatarla de la Gestapo cuando iba a ser ejecutada, a través de la ayuda de un oficial germano que había cambiado de bando.

Pese a los tormentos, reafirmó sus convicciones y continuó la lucha clandestina con una nueva identidad hasta el final de la guerra. Tras la derrota alemana, se desempeñó como supervisora de orfanatos y asilos en su país.

Hay que salvar al que se ahoga

La principal influencia que recibió Irena fue la de su padre, Stanisław Krzyżanowski, un médico que falleció cuando ella sólo tenía siete años, al contagiarse el tifus que sufrían sus pacientes, rechazados por muchos de sus colegas que rehusaban atenderlos por miedo al contagio.

“Fui educada en la idea de que hay que salvar al que se ahoga, sin tener en cuenta su religión o su nacionalidad”, solía responder cuando la entrevistaban a raíz de haberse convertido en un mito local de heroísmo resistente. Había nacido el 15 de febrero de 1910, en un pueblo llamado Otwock, en el seno de una familia católica, y trabajaba en Varsovia como asistente social ayudando a familias pobres judías antes de la ocupación nazi. Desde el otoño de 1940, puso en peligro su vida para llevarles alimentos, ropa y medicinas a los miles de judíos que habían sido confinados en el gueto.

Unos 450.000 judíos se hacinaban en un barrio de Varsovia, para luego ser trasladados a campos de concentración como el de Treblinka, donde les esperaba la muerte.

Irena_sendler_treeConvencer a los padres de separarse de sus hijos era una tarea áspera. Solían preguntarle si podía garantizarles que vivirían, pero ella respondía que sólo era previsible que murieran si se quedaban encerrados en el gueto.  La sombra del recuerdo de aquellos momentos desgarradores no la abandonó durante décadas. “En mis sueños, todavía puedo oírlos llorar cuando dejaban a sus padres”, confesaba. Y reveló que envió a la mayoría de los niños a establecimientos religiosos “porque podía contar con la ayuda de las monjas”. “Nunca nadie se negó a aceptarme un niño”, reconoció. Ser descubierto en aquel acto de protección implicaba un pasaporte directo a la muerte.

Al culminar la guerra, Irena desenterró las latas y utilizó las notas para hallar a los 2.500 niños que había reubicado en familias adoptivas y conventos. Los reunió con sus parientes desperdigados por toda Europa, aunque la mayoría había perdido a sus familias en los campos de concentración nazis. El mote de “heroína” nunca fue de su agrado, ya que solía afirmar que “podría haber hecho más, y este lamento me seguirá hasta el día en que muera”.

Pese a sus incuestionables méritos humanitarios, la historia de Irena permaneció oculta en Polonia, durante más de cuarenta años de régimen comunista, y sólo salió a la luz cuando un grupo de estudiantes estadounidenses descubrieron los hechos y difundieron su nombre alrededor del mundo.

Un requerimiento del corazón

Sin embargo, no fue una perfecta desconocida. La organización israelí Yad Vashem le había otorgado, en 1965, el título de “Justa entre las naciones”, distinción que se entrega a aquellos que ayudaron a salvar la vida de judíos. En 2009, su historia se convirtió en el film “El valiente corazón de Irena Sendler”, protagonizado por Anna Paquin.

The_grave_of_Irena_Sendler_in_Powązki_Murió el 12 de mayo de 2008, a los 98 años, en Polonia. Fue llamada “el ángel de Varsovia” y también “la Schindler polaca”. Creía en el poder del “amor, la tolerancia y la humildad”. Dejó el mundo rodeada del reconocimiento de los sobrevivientes que se  acercaban al asilo de ancianos donde vivió sus últimos años para expresarle su gratitud.

Recibió, sin alardes, la Orden del Águila Blanca de Polonia y fue candidata al Premio Nobel de la Paz. Su acción altruista y solidaria no necesitó de complejas justificaciones.

Cuando se le preguntaba por qué había arriesgado su propia vida para salvar la de otros, contestaba con una sencillez aplastante: “Fue un requerimiento del corazón”.