La ONG recibe y distribuye unos tres mil kilos de alimentos por semana. Los destinatarios: unos 20 comedores porteños y bonaerenses. Ahora buscan la forma de acceder a más comida y llegar a mucha más gente. Cómo ayudar.

Hay gente que no se cansa de ayudar. Piensa que el prójimo es tan merecedor de recibir lo que esa persona posee y entonces pone manos a la obra para que las carencias tengan algún tipo de solución, más allá de las promesas o las meras palabras de consuelo. Es el caso de la psicóloga Francisca Haimovichi que, en 2001, en plena crisis socio-económica de la Argentina, vio como numerosas familias de clase media buscaban comida entre los desperdicios. Esa escena desoladora la impulsó a crear Francisca Haimovichi, una ONG cuya misión es la de operar como un banco de alimentos: recogen donaciones de comida y le dan cauce a la distribución en distintos merenderos y comedores de la Ciudad de Buenos Aires y el Gran Buenos Aires.

“En aquel momento, en plena debacle social, tenía una paciente que era dueña de una panadería: le pregunté qué hacía con el sobrante de la producción, y empezó a traerme bolsas de pan y facturas que armábamos y distribuíamos en un centro de jubilados del barrio. Se las repartíamos a los chicos que se acercaban”, cuenta, y resume: “Así fue como empezamos a ayudar”.

Con el paso del tiempo, y las crecientes necesidades que se veían en el entorno inmediato, en el barrio de Villa Crespo, decidió, junto a su marido Daniel, que es docente jubilado, y su hija Lucía, darle un estatuto más formal a la labor solidaria. En 2010 finalmente armaron El Merendungue, que se encuentra inscripta legalmente como una organización civil sin fines de lucro.

“En mi cabeza comenzó a tomar forma que las cosas ricas que a mí me gustaba consumir, en buenas confiterías y empresas de catering, también pudieran llegar a las personas que no pueden permitirse comprarlas”.

“Como empecé a ver que en todas las firmas de gastronomía sobraba mercadería, empecé a pedir esos sobrantes para que pudiera recibirla la gente que la necesita y no puede permitírsela”, dice Haimovichi. El menú es tentador: sushi, cupcakes, masitas, golosinas, sándwiches de miga, frutas, verduras y muchas otras variantes de comida que no son accesibles para vastos sectores de la población.

Merendungue 5 Francis
Francis (en el medio) con dos colaboradoras.

Lo que falta

Francis, como le dicen los familiares y conocidos, es hija de inmigrantes rumanos que partieron desde Europa hacia la Argentina huyendo de los horrores de la Segunda Guerra Mundial y, también, de las hambrunas. Creció con aquellos relatos terribles. Es probable que la historia familiar haya gravitado sobre su sensibilidad.

El Merendungue funciona en la casa de la familia Haimovichi y distribuye tres mil kilos de comida por semana. Hoy tiene una llegada a más de 1500 personas. La ayuda llega a merenderos, instituciones de jóvenes judicializados, organizaciones de madres solteras.

“El gran costo es la logística, el traslado de los alimentos. Tenemos dos fletes: uno a la mañana y otro a la noche, porque recibimos donaciones diarias de dos locales de una importante cadena de comida naturista”, detalla. También los ayudan confiterías, casas de repostería, cadenas de panaderías.

La casa está a diario atestada de bolsas y es continuo el movimiento de proveedores y voluntarios que ayudan en las tareas. “Está intacta nuestra voluntad de acceder a más comida y llegar a mucha más gente”, explica. Y revela que tiene en carpeta un proyecto para que jóvenes discapacitados puedan ser empleados, con un sueldo, para realizar las tareas que ahora ella hace con su familia y un grupo de voluntarios y amigos.

Todo a pulmón

La faena de recibir, seleccionar, ordenar, recomponer y distribuir los alimentos consume no menos de 8 horas diarias de la vida de Francis y su gente. Tampoco se toman vacaciones, dado que funciona todos los días del año, especialmente en Navidad y Año Nuevo. “Solemos estar despiertos hasta las dos de la mañana, porque tenemos que esperar que llegue la comida que nos donan”, dice, y da cuenta del esfuerzo diario que supone pensar en el prójimo.

Hacen la distribución de alimentos los martes, jueves, y domingos. Los días restantes llegan los envíos a un número más reducido de centros. Son alrededor de 20 comedores los beneficiarios de las donaciones.

“Lo nuestro es un trabajo solidario de doble vía: por un lado, llevar la comida a quien la necesita, y por el otro, pensar e instrumentar un proyecto de inclusión a los chicos con discapacidad, a los que no se tiene demasiado en cuenta”, dice Francis. Y sigue apostando al futuro desde la solidaridad, porque “lo que queremos es que la gente tenga el placer de disfrutar algo rico y no las sobras, porque la comida también es un factor de inclusión cultural”, asegura.

Dato Útil:

Quienes quieran brindar su donación pueden contactarse a través de

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