Jesús Romero llegó al barrio Rivadavia a los 9 años, solito, desde Chaco. Y nunca más se fue. Ni cuando empezó a boxear, ni cuando conoció al amor de su vida, ni cuando fue campeón argentino y sudamericano de los livianos. Ni cuando fue a boxear a Europa.

Se quedó en ese barrio, frente a la 1-11-14, armó su mundo, y lo abrió para los que más necesitan de una mano fuerte. Una mano de boxeador.

Romero colgó los guantes en 1990 y empezó a trabajar en el comedor infantil “Santa Rita” fundado por Dora, su esposa, a la que conoció a los 13 años, y que hoy da viandas para más de 300 chicos. Fue el puntapié inicial de su trabajo comunitario, porque después, en 2009, se sumó la asociación civil “Entrenar por la vida”, a través de la cual fundó el Gimnasio Jesús Romero, un centro deportivo especializado en boxeo, al que asiste toda la comunidad de la zona, de manera gratuita. En los últimos años, Romero siguió sumando: alberga a chicos del interior que quieren ir a Buenos Aires a intentar suerte con el boxeo. Los entrena, los aloja y les da de comer.

“Abrí el gimnasio con la idea de crear un hogar. Quiero a los chicos de los que nunca se piensa que llegarán a triunfar, para educarlos, alimentarlos y recuperarlos. Me da más satisfacción eso que un título”, dice Romero, frente a su local, mientras le da indicaciones a un joven púgil que le llegó desde Sunchales, Santa Fe, y que espera para hacer su primera pelea profesional.

-¿Cómo es el trabajo cotidiano con los chicos en el gimnasio? ¿Quiénes se acercan?

-Nosotros arrancamos a las 6 de la mañana. A esa hora ya hay chicos entrenando. El que quiere, viene, trae una autorización de sus padres, y hasta que cae la noche, estamos. Tenemos un local en la planta baja, y sacamos las bolsas para entrenamiento a la vereda, así que los pibes los ven a los otros pegando, saltando la soga, haciendo ejercicios y se entusiasman, vienen a preguntar. A otros los interesamos en el comedor, que está acá a una cuadra.

-¿En el gimnasio sólo se entrenan?

-No, no podemos hacer eso. Tratamos de que los chicos se lleven algo más. Les damos charlas sobre la importancia de la vida, la familia, el trabajo y cómo convencerse de que se puede alcanzar algo que, en la situación que llega la mayoría, parece imposible. También tenemos un grupo de personas de la UBA que viene a darles apoyo escolar, a los más grandes les damos una mano para que preparen un curriculum y se puedan insertar en el mundo laboral. Es una zona muy difícil en la que estamos, y esta ayuda para muchos es indispensable.

-Su historia tiene mucho que ver con esta idea de ayudar, ¿no?

-Es probable. Yo nací Cochinoca, Departamento de Abra Pampa, Jujuy, y mi padre nos llevó a todos a Villa Ángela, Chaco, por cuestiones laborales. Ahí me enamoré del boxeo, viendo peleas en el gimnasio “El Litoral”. Iban algunos de Buenos Aires, y un día, escuché que alguien nombró el Luna Park, y que había que llegar a ese lugar para ser alguien en el boxeo. Era Paco Bermúdez, un tipo que entrenó a grandes campeones. Para mí se convirtió en un objetivo llegar al Luna Park, así que a los 9 años, con unos pesitos y un bolso, me tomé un tren y me fui solo a Buenos Aires. Dejé una carta a mis abuelos y mis viejos como despedida.

-Pertenecía a una familia humilde. ¿Cómo hizo para conseguir el dinero?

-A los 8 yo ya peleaba en las conocidas “peleas de gallitos”, en la que los pibes se cubrían los puños con telas de lona y peleaban hasta que uno sangraba. Hoy eso ya no se puede hacer, pero en esa época me alcanzó para juntar un poco de plata, y ganar algo de prestigio. Mi papá no quería que yo boxeara, y un día, para un torneo zonal, lo mandaron a sacar fotos en la final… no sabía que yo era uno de los finalistas. Cuando me vio entrar, no pudo sacar ni una foto.

“Cuando llegué a Buenos Aires, no tenía idea de qué hacer, a dónde ir –cuenta Romero hoy a los 63 años-. Me subí al primer colectivo que pasaba, un 139, y el chofer me preguntó “¿Hasta dónde, pibe?”. “Hasta donde termina”, le dije, y ahí me bajé: en el barrio Rivadavia.

-A los 9 años, solo, en una ciudad enorme y desconocida…

-Una locura, hoy no lo pienso. Pero eran las ganas. Tuve suerte, pero también mucho empuje. Caminé por la zona y vi a unos tipos bajando garrafas de un camión, había uno que se quejaba, así que me ofrecí a ayudarlo. En ese momento apareció un policía que necesitaba que le llevaran unas garrafas hasta el destacamento, y como no había nadie, me ofrecí. Y ahí fui, con un carrito, chiquito, yo, y las descargamos. Me dieron de comer y pedí si me podía quedar a dormir un ratito en unos bancos, adentro. Les conté la historia mía, que quería ser boxeador… Los policías pidieron permiso y a la semana le hicieron un lugar, me dieron una cucheta y me quedé ahí con el compromiso de entrenar. Si no tenía disciplina de entrenamiento, me echaban. Y me quedé. Hoy, en el destacamento, todos me conocen, y sigue estando mi habitación, aunque ya hay otro que usa mi cucheta.

-Lo crió el destacamento…

-Sí, esos policías me criaron. Me dejaban dormir y bañarme, me daban de comer y me llevaban a entrenar. Eran como mi familia.

-¿Y llegó al Luna Park?

-Sí, claro. Mi primer torneo fue el Campeonato Argentino de Aptitudes, donde salí campeón. Después vinieron otros de novicios, de trabajadores, varios títulos de la Federación de Box. En el 76 tuve mi chance por la corona argentina de los livianos, contra Oscar “Cachín” Méndez, en Bahía Blanca, donde el tipo era ídolo. Dieron empate, y sentí que me había robado. Pero fue un tropiezo que me ayudó a seguir con más fuerza. Después, con el título en juego otra vez, peleamos con Cachín en Jujuy, ahí sí, le gané y me quedé con el título argentino. Al tiempo, también me consagré campeón sudamericano, después de vencer al paraguayo Sebastián Mosqueira, y a partir de ahí, pelee en Europa, en Australia, en África, en Japón, compartí giras con Carlos Monzón, Látigo Coggi y hasta tuve el placer de compartir una cena de entrega de premios con Maradona.

“Un día, jugando un partido de fútbol en el barrio, un pibe más grande que yo me vino a apurar por una jugada medio fuerte. Le dije que no quería pelear, porque sabía hacerlo, pero se puso pesado y lo tumbé de dos o tres golpes. Yo me sentía mal, no quería pelear. Cuando terminamos, lo fui a ver a su casa, hablamos y arreglamos el tema. Incluso íbamos a ir a jugar al fútbol otra vez. Pero el pibe me pidió si lo acompañaba a ver a una tía que estaba internada porque la había atropellado un colectivo en la avenida Perito Moreno. Cuando llegamos al hospital Piñeiro, la tía de este chico no me sacaba los ojos de encima. Me puse incómodo y le pregunté si me conocía de algún lado. Y la señora me dice ´Claro que sí, m´hijo, si yo lo he parido´. Era mi vieja, que había venido a Capital a ver a su hermana, que sin saber, vivía en el mismo barrio Rivadavia”.

Jesús Romero, debutó como profesional en 1977, y fue campeón argentino y sudamericano de los livianos de la mano de Santos Zacarías. Se retiró en 1988 luego de 84 peleas, con 63 triunfos (16 KO), diez caídas y once empates. Pese al retiro, Romero sigue peleando. “Les damos de comer a los chicos que viven día y noche en la calle, y también estoy atento en el gimnasio porque tengo varios chicos entrenando en estos momentos.

-¿Por qué cree que lo hace?

-Para ayudar, obviamente, pero la verdad es que estoy contento y feliz. Lo único que sé hacer es trabajar y ahora aprendí a enseñar y a tratar de contagiar esta maravilla que es el deporte del boxeo e intentar buscar un refugio para los chicos, darles cariño, darles calor a gente que realmente necesita.