Los pueblos indígenas celebran el 1 de agosto el Día de la Pachamama. Un sorbito de caña con ruda por la mañana, una limpieza sahumando el hogar y una corpachada son sus formas de agradecer a la Madre Tierra por lo que ella da. Pero no será sólo una jormada de celebración: durante todo el mes las comunidades agradecerán por lo que les es provisto.

Corpachar no es ni más ni menos que darle de comer y beber a la Pachamama. La corpachada comienza con un pozo en la tierra. Allí se vuelcan las ofrendas: maíz, quinua, chalona (carne seca), cordero, cabrito, papas de distinto tipo, habas, mazorcas, vino, cerveza, gaseosas, chicha, aloja (alcohol), entre otros alimentos. También se deja el acullico, un bolo de hojas de coca que se mantiene en la boca hasta ofrendarlo.

Los alimentos se ponen en el hueco y las personas pasan en parejas para realizar su ofrenda. Se agradece por las cosechas y el buen tiempo, por los animales y la abundancia del suelo.

Después se cierra el pozo con tierra pero usando las manos y, muchas veces, se termina con el canto de unas coplas. Al final hay que ponerse un yoki, una pulsera de lana que se deberá tener hasta que se caiga.

¡Jallalla Jallalla, Cusillla Cusilla!, se exclama, se grita y se repite. En quechua significan alegría, salud, festejo y buenaventura.

“Más allá de su fiesta de agosto, la gente de la región propicia a la Pacha cuando viaja por la montaña, poniendo una piedrita y el acullico de hojas de coca en la apacheta (monolito hecho con piedras) mientras piden su benevolencia”, cuenta Luis Alberto Reyes en su libro “El pensamiento indígena en América: los antiguos andinos, mayas y nahuas”.

Y recuerda, el autor, que también la relación con la Pachamama es diaria porque “la propician con diversos rituales simples y festivos: en las señaladas de ganado (es decir, el marcado de los animales), cuando comienzan las tareas agrícolas, cuando se inicia el trabajo en la mina, antes de habitar una casa nueva o en el momento de comenzar a beber un vaso de chicha u otra bebida. ‘El primer traguito’, suelen decir, ‘es para la Pacha, a quien todo pertenece’”.

Respeto a lo ancestral

La ‘Pacha’ es la madre de todas las criaturas y se la recuerda con cada nuevo integrante que llega a la familia. Por eso, una familia mapuche recibió la placenta de su bebé para realizar la ceremonia ancestral de su pueblo originario de manos del plantel médico del Hospital Español de San Rafael (Mendoza).

“Qué bonito que un hospital que es español respete la diversidad cultural”, subrayó el cacique mapuche, oriundo de esa ciudad. “Milenariamente la cosmovisión mapuche entiende que le tenemos que devolver a la tierra hasta nuestras propias pertenencias”, explicó el abuelo del pequeño, Ángel Napoleón, o Nehuel Mapuleo, como es su nombre mapuche.

Nehuel, quien es lonko o cacique de una de las comunidades mapuches en San Rafael, dijo que para ellos la placenta no es “un desecho o un descartable”, pues fue útil durante nueve meses dándole cobijo al bebé en gestación. Por ello, se la entierra y luego se planta un árbol sobre ella.

El bebé, quien es hijo de Ángela Napoleón y su compañero Fernando, nació el domingo 30 de julio a las 8.48, a poco del comienzo del mes de la ‘Pacha’.