Hace 125 años, en Argentina se instauraba un revolucionario modo de resolver casos judiciales enigmáticos: Se empleaba por primera vez un rastro dactilar obtenido en la escena del crimen como prueba. El desarrollo del caso y una técnica que se usa hasta nuestros días.

El 28 de julio de 1892 se utilizó por primera vez en el mundo la huella dactilar de una persona como método de identificación para resolver un crimen. Fue un caso de doble homicidio de dos hermanitos, en Quequén, provincia de Buenos Aires. Un caso de los que hoy se llevaría varias horas de debate en los medios.

La huella de Francisca Rojas
La huella de Francisca Rojas

En la mañana del 29 de junio de 1892, Ponciano Caraballo y su vecino Ramón Velázquez encontraron a Francisca Rojas, la esposa Ponciano (aunque en ese momento estaban distanciados), en el piso de su rancho, inconsciente y con un corte en su cuello. A unos metros, en la habitación contigua, hallaron los cuerpos de Ponciano, de seis años, y Felisa, de cuatro, degollados y bañados en sangre.

Una vez recuperada, Francisca acusó a Velázquez por el ataque y los asesinatos, con el argumento de que ella lo había rechazado. Velázquez fue inmediatamente detenido y sometido a interminables sesiones de tortura para que confesara (llegaron a esposarlo junto a los cadáveres de los chicos y a enviar a un oficial disfrazado de fantasma, con una sábana, para asustarlo) a pesar de lo cual, el acusado gritaba su inocencia.

Al notar algunas inconsistencias en el relato de Francisca (las lesiones que tenía no se condecían con lo que ella contaba), la única testigo del hecho también fue presionada para que confesara la verdad.

Ante el escándalo que iba creciendo, el entonces jefe de la Policía Bonaerense, Guillermo Nunes, envió desde La Plata al policía Eduardo Álvarez, el jefe de la oficina dedicada a las Investigaciones. Álvarez trabajó rápidamente y, además de descubrir la cuchilla del crimen, notó que el homicida se había limpiado la sangre de las manos con un trapo que dejó tirado cerca del rancho, y que al salir por una ventana, había apoyado las manos en el marco de la abertura. Y esas huellas eran demasiado pequeñas para ser las de Velázquez.

Álvarez cortó el trozo de madera de la ventana y se lo llevó a La Plata, junto con un cartón con la impresión de las huellas dactilares de Velázquez y Francisca Rojas. “A fin de que puedan practicarse las diligencias conducentes al estudio de las llamadas impresiones digitales, he traído dos pedazos de madera donde se notan señales de los dedos”, escribió el oficial.

Con esa evidencia, fue a ver al recientemente nombrado jefe de la Oficina de Estadísticas de le Policía Bonaerense, Juan Vucetich, pieza clave en esta historia. De inmediato cotejó impresiones y fue contundente: la asesina había sido Francisca, la madre de los chicos.

El rastro que dejó Vucetich

Si bien el descubrimiento de que las huellas dactilares eran distintas en todas las personas era obra del británico sir Francis Galton (primo de Charles Darwin), fue el argentino de origen croata Juan Vucetich (Iván Vucetic, originalmente) quien perfeccionó el sistema para utilizarlo en la identificación de personas.

Galton había dado una conferencia en la Royal Society of Science de Londres, en la que enunciaba que había ciertos tipos de patrones irrepetibles en las huellas dactilares y las clasificó en ocho categorías. En ese trabajo también se enunciaba las tres leyes fundamentales de la dactiloscopía: perennidad, inmutabilidad y diversidad infinita.

JUAN VUCETICHLo que hizo Vucetich  fue intentar probar que esos enunciados eran infalibles, como para ser aplicados como modos de identificación, masivamente. Y lo logró.

Este inmigrante croata llegó al país en 1882 con estudios previos de antropología y música, pero consiguió trabajo como capataz de una cuadrilla de obreros de Obras Sanitarias. A los pocos meses, se mudó a la recientemente fundada La Plata para trabajar en la construcción de edificios, y terminó incorporándose a la Policía de la Provincia de Buenos Aires.

Hizo carrera y, luego de conocer el trabajo de Galton, les tomó las huellas a los 23 detenidos en los calabozos de la jefatura de Policía. Más tarde repitió el proceso con todos los detenidos de la cárcel de La Plata. En 1892 la Justicia empezó a usar su sistema de identificación y la Suprema Corte decidió adoptarlo para todas sus dependencias en 1902.

Vucetich murió en 1925, de tuberculosis, en Dolores, el pueblo donde 31 años antes habían condenado a Francisca con la aplicación de su método. Hoy llevan su nombre la escuela de oficiales de la Policía Bonaerense y el centro policial de estudios forenses de Zagreb, en Croacia.