Héctor Tizón, diplomático, abogado, periodista y juez

El narrador que combinó la pasión por la escritura con la justicia

“Me suelen preguntar cómo es posible ser novelista y juez a la vez. No solamente es posible, es necesario”, solía decir el hombre que retrató como pocos el paisaje desértico del norte. Como magistrado del Tribunal Superior de Jujuy, tuvo fallos polémicos pero también innovadores. 

La vida del escritor Héctor Tizón está marcada por la combinación de la escritura literaria y el quehacer judicial. En la trama de los relatos que escribió como novelista y cuentista se entrecruzan también, a veces disimulados como material narrativo de fondo, los textos que componen los expedientes en los que tuvo intervención como magistrado. La misma escritura que inventa vidas inexistentes también decide destinos reales basados en la valoración jurídica de los actos y comportamientos humanos. En distintas ocasiones, Tizón resaltó su afán por haber intentado ser un juez que cultivó la no tan habitual costumbre de ser justo.

Nació el 21 de octubre de 1929 en Rosario de la Frontera, Salta, pero la mayor parte de su vida transcurrió en Yala, Jujuy, excepto los años en que la última dictadura cívico-militar lo empujó al exilio -entre 1976 y 1982- en España, y aquellos en los que se desempeñó como diplomático en el exterior. A los veinte años se trasladó a La Plata para estudiar Derecho, y se graduó en 1953. Fue agregado cultural en México, donde trabó amistad con autores destacados como Juan Rulfo, Ernesto Cardenal y Ezequiel Martínez Estrada. En 1976, tras el derrocamiento del gobierno constitucional de Isabel Perón, se resistió inicialmente al exilio, y en su rol de abogado presentó hábeas corpus por sus amigos perseguidos. Su mujer lo convenció de que era insensato enfrentar a los militares, y buscaron refugio en España.

Como narrador, publicó su primer libro, A un costado de los rieles, en 1960, durante su estadía diplomática en suelo mexicano. Luego, ya de regreso en la Argentina, le siguieron obras importantes como Fuego en Casabindo, Sota de bastos, caballo de espadas, La mujer de Strasser, El hombre que llegó a un pueblo, La casa y el viento y Extraño y pálido fulgor, entre muchos otros títulos. Tizón era multifacético: además de haber forjado una de las prosas latinoamericanas más sólidas del siglo XX, con 22 libros escritos, fue también diplomático, abogado, periodista, juez, ministro y ghost writer durante los difíciles años del exilio.

Un narrador en la Corte

En la década del 90 comenzó una etapa de mayor reconocimiento a su obra y de gran productividad literaria, al mismo tiempo que se desempeñó como convencional constituyente por su provincia, en 1994, en el bloque que formó el ex presidente Raúl Alfonsín. A mediados de esa década, fue designado ministro del Superior Tribunal de Justicia de Jujuy, como Juez Decano y vicepresidente del cuerpo. En su rol de juez no le fue esquiva la controversia: su actuación, en 2006, en el caso de Romina Tejerina -la joven que en 2003 mató a su beba nacida producto de una violación en Jujuy- resultó conflictiva.  En aquella ocasión, Tizón sostuvo: “No hubo violación, ni remotamente. Entonces quedó un bebé al que se le metieron 17 puñaladas. El caso es que seguimos sin discutir si es posible la legalización de ciertos abortos”. Los abogados de Romina Tejerina reclamaron su recusación por “prejuzgamiento”. Si bien Tizón rechazó la medida, poco tiempo después terminó excusándose y se apartó del caso.

“Me suelen preguntar cómo es posible ser un novelista y un juez a la vez. No solamente es posible sino que es necesario. Me parece inconcebible que un juez sea un ignorante de la literatura, porque la literatura es otra lectura del mundo y de la conducta humana, y un juez debe estar muy atento a las grandes obras literarias. ¡Cómo puede un juez ignorar la obra de (Fiódor) Dostoievski! O cómo puede desconocer que (Gustave) Flaubert fue llevado a la Corte de Justicia, acusado de transgredir las buenas costumbres en Francia por Madame Bovary. Un juez y un escritor trabajan sobre lo mismo: las conductas humanas, aunque unas sean sobre criaturas inventadas en la propia obra literaria”, argumentó el narrador en una entrevista de 2004.

“Me parece inconcebible que un juez sea un ignorante de la literatura, porque la literatura es otra lectura del mundo y de la conducta humana, y un juez debe estar muy atento a las grandes obras literarias”.

En abril de 2010, el Superior Tribunal de Justicia de Jujuy emitió un fallo, con el voto de Tizón en minoría, que fijó precedente en los cuestionamientos sobre la minería a gran escala. Hizo hincapié en el principio precautorio –ante la probabilidad de perjuicio ambiental irremediable– e invirtió la carga de la prueba: las poblaciones cercanas a los yacimientos no debían demostrar los perjuicios que dicha minería podía ocasionar, sino que el gobierno y las empresas pasaban a tener la obligación de aportar pruebas fehacientes de que la actividad extractiva no afectaría al medio ambiente.

La sentencia implicó el cambio del paradigma jurídico al incorporar el derecho ambiental dentro la actividad minera. En ese momento, distintos operadores del sistema judicial consideraron la posición de Tizón como innovadora y pionera. La resolución del Tribunal obedecía a una apelación por parte de los habitantes de Tilcara, que habían presentado un recurso de amparo ante el avance de una empresa minera en la Quebrada de Humahuaca, amparo que había obtenido el rechazo por parte del  Tribunal Contencioso Administrativo de Jujuy.

Una semana después del fallo, el autor de Fuego en Casabindo presentó su renuncia como ministro del Superior Tribunal, que fue aceptada por el Poder Ejecutivo. Otro de los puntos conflictivos en relación a su rol como magistrado se dio cuando avaló la designación de Sergio Jenefes como vocal del Superior Tribunal, pese a que éste había sido funcionario de la última dictadura.

Sin pesares y sin rencor

Poco propenso a las declaraciones de compromiso, en 2003, ante un medio español que le preguntó cuál era su mirada sobre la justicia argentina, dio una respuesta nada benevolente: “Es mayoritariamente corrupta. Le pasa como al pescado, está podrida en la cabeza”. Pero, fiel a su premisa de buscar la equidad, también señaló: “No me avergüenza formar parte de la institución,  porque nunca me he callado. He denunciado la corrupción de los colegas, y quiero hacer la salvedad de que hay un montón de magistrados que son gente proba y hacen lo que pueden”.

“No me avergüenza formar parte de la institución,  porque nunca me he callado. He denunciado la corrupción de los colegas, y quiero hacer la salvedad de que hay un montón de magistrados que son gente proba y hacen lo que pueden”.

“Nací por accidente -¿acaso no todos nacemos de ese modo?- en una remota provincia de este vasto y despoblado país, en un hotel a cuyas aguas termales mi madre había ido en busca de remedio para sus males. Nunca fui un estudiante aplicado ni paciente. En realidad, lo que más me gustaba era subirme al tejado en cuanto podía y echarme allí, junto a la saliente de la chimenea, a ver pasar las nubes y a observar el majestuoso vuelo de las aves”, se autodefinió en su libro El resplandor de la hoguera.

“Todos los hombres necesitan alguna forma de estimación, de amor, de aproximación”, valoró Tizón. “Y el deber que tenemos todos es el de ser generosos. Pues ha de llegar ese momento en que no hay más remedio que preguntarse ‘¿qué diablos he hecho yo en esta vida?’. Entonces tendríamos que tener una respuesta satisfactoria para que al despedirnos podamos irnos sin pesares y sin rencor”. Tizón narró como pocos el paisaje desértico del norte argentino, la idiosincrasia silenciosa y profunda de sus aislados habitantes.

Murió el 30 de julio de 2012, seguramente, sin recriminaciones y sin enconos hacia la literatura y la Justicia.