Lilia Carina Rodríguez, empleada judicial

“Desde que empecé a trabajar supe que era mi casa”

En Villa Soldati y el ámbito de los tribunales es ‘Cari’. El DNI abunda en los datos de Lilia Carina Rodríguez, de 44 años, una empleada judicial que ingresó a la carrera por una “casualidad” y hoy no quiere abandonarla.

De su papá Gualberto heredó la rigurosidad, el respeto y el valor del trabajo que él había construido durante tres décadas como ordenanza llevando expedientes. ‘Cari’ lo nombra por su apellido, pero el relato no se enfría: “Rodríguez entró a trabajar en la Justicia por un amigo cuando se creó la Sala 4 del fuero Contencioso Administrativo en 1980. Empezó un 29 de diciembre y al otro día ya tenía un mes de vacaciones. Le salió perfecto”, bromea.

La mujer que encontró su lugar en el mundo entre folios y sentencias confiesa que fue una “suerte” tener a su padre trabajando dentro del Poder Judicial y atento a buscarle una chance. Que llegó el 15 de junio de 1994 a raíz de una licencia por embarazo. Entró por tres meses en la Sala 4 de la Cámara en lo Contencioso Administrativo Federal y no se fue más.

“Fue una casualidad, no entré ni como meritorio, no trabajé gratis, ni nada. Directamente a pasar las sentencias en la máquina de escribir. Y de entrada era mi casa, ya me conocían todos porque Rodríguez trabajaba ahí”, explica con tranquilidad en el living de su casa, mientras una formación del tren Belgrano Sur se va a González Catán a puro ruido.

-¿Qué te gustó y que no de trabajar en la Justicia?

– Me dio confianza y la posibilidad de conocer mucha gente buena… Y también mala. Estoy muy contenta de haber conocido a la gente del Juzgado 8 (en lo Contensioso y Administrativo, por dónde tuvo sólo un breve paso). Es un lugar más relajado y donde todo es menos estructurado. También me gustó estar en contacto con los expedientes.

Dos ACV amenazaron con doblegarla, sin embargo, aprendió a escribir con la mano izquierda y escapa a una jubilación que ya tiene ganada. Estudió abogacía pero no se recibió. Después ocupó cuatro años a aprender quichua, sólo por el placer de saber. Le brillan los ojos cuando habla de Rodríguez, su papá, sus dos sobrinos, sus cinco mascotas o Independiente de Avellaneda.

Cari apenas acepta una licencia de su vida cotidiana y judicial. Es que los veintidós años en esos pasillos son la mitad exacta de sus existencia y le cuesta despedirse.

– ¿Qué te impulsa a seguir?

– “¡Quiero trabajar! Pero igual ya está. Lo asumí, no me siento capacitada para subir las escaleras o viajar. Me doy cuenta que no puedo y de a poco me voy mentalizando”.

Al rato saluda, tan amable como cada minuto y proyecta visitas más periódicas a la Iglesia de Pompeya, mientras piensa qué va a extrañar de su rutina, que ya empieza a dejar.