Son una centena de voluntarios que ofrecen una compañía a niños que atraviesan largas internaciones lejos de sus casas. Aseguran que, en ese contexto adverso, preservar el lazo con el juego promueve que creen nuevas esperanzas.

Ponerse en el lugar del otro a menudo es un propósito inaccesible, pero acompañarlo en los momentos complicados de la vida es sí una decisión que puede tomarse y que ayuda a soportar la adversidad de una manera distinta, con apoyo espiritual y terapéutico. Por eso mismo, un grupo de jóvenes de entre 18 y 35 años decidió dar forma a una idea solidaria y conformaron Cuerdas Azules para asistir a niños y jóvenes que sufren algún tipo de enfermedad.

La ONG da su asistencia, completamente desinteresada, en los hospitales Ricardo Gutiérrez de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires -en el área de traumatología- y el Bernardo Houssay de Vicente López -en pediatría-, así como hogares de tránsito y la Fundación Cor, donde se trabaja sobre VIH.

“Lo que hacemos es acompañar a los chicos a través de actividades relacionadas con el arte, la música y el juego, y por eso a menudo recibimos (y seguimos necesitando) donaciones de lápices, hojas, marcadores. Buscamos que el niño no pierda su esencia a pesar de estar internado”, explica Joaquín Romero (25), coordinador de la organización. Este proyecto tuvo su punto de partida tres años atrás, y su existencia hay que atribuírsela a Adrián Santarelli, un cura de la parroquia de Santo Tomás Moro, en Vicente López, que lo gestó con un grupo de tres jóvenes (Felicitas Meilan, Ignacio Benegas Lynch y Romero), a los que sólo se les pedía que hicieran una visita semanal a los hospitales y hogares.

Aunque se trata de un movimiento interreligioso, abierto también a quienes no profesan ningún culto o son agnósticos (pero consideran a la solidaridad como un valor social esencial), la asistencia también tiene un costado espiritual: aunque está abierta a todos los credos,  los participantes oran a diario por la recuperación de los niños y adolescentes que están atravesando complicaciones en su salud.

El grupo inicial se reprodujo, y hoy son más de 100 los jóvenes que donan parte de su tiempo y su energía para ayudar desde Cuerdas Azules a otras personas. Tras participar de diez visitas, los voluntarios reciben una cinta azul que simboliza el lazo que ya han estrechado, y que deben sostener en el tiempo, con quien está enfermo. No hay horarios fijos, sino que cada voluntario determina cuándo puede colaborar, según sus obligaciones

La difusión de esta propuesta se viralizó a través de las redes sociales, y quienes quieran sumarse al proyecto pueden hacerlo contactándose en la página de Facebook de Cuerdas Azules ONG.

Con lo que los voluntarios suelen encontrarse es un panorama de chicos que pasan largos meses internados, y que son presas del aburrimiento propio del mundo hospitalario, y tienen necesidad de esparcimiento y de charla, de poder abrir intervalos en los que los tratamientos no sean lo único que rija sus vidas, sino que se entremezclen con juegos y distracción. Los padres suelen agradecer esta ayuda porque supone para ellos también poder conectarse con emociones alejadas de la angustia o el sufrimiento.

El modo de “reclutamiento” de los voluntarios se produce con reuniones trimestrales, en los que se dan lineamientos básicos sobre distintos tópicos, como por ejemplo la higiene personal imprescindible en los ámbitos médicos, o conocer la enfermedad con la que van a encontrarse para cuidarse tanto ellos como el paciente. Una vez que aquel que se acercó para participar asume la condición de voluntario, recibe tres capacitaciones obligatorias, en las que se brindan rudimentos para moverse en los hospitales pero también se trabaja la noción de compromiso porque, afirma Joaquín, “esa persona te va a estar esperando”. El requerimiento no es excesivo ni mucho menos: para quienes trabajan y estudian, como lo hace la mayoría de los voluntarios, se les pide que  una vez por semana vayan a visitar a uno de los internados.

La idea propulsada por Santarelli tuvo su génesis en un video de animación llamado “Cuerdas”, del realizador español Pedro Solís, en el que se narra el vínculo entre una chica y un chico que padece parálisis cerebral. Ese nexo afectivo expuesto en la película, inspiró la voluntad del grupo liderado por Santarelli de acortar las distancias con quienes enfrentan una enfermedad, transmitiéndoles que no están ni estarán solos en esa ardua etapa.

“Lo que me ha movilizado, a mí y a tantos otros jóvenes que nos acompañan, es el deseo de ayudar y, en un contexto en el que ves muchas necesidades, poder poner nuestro granito de arena y tratar de cambiarle la vida a alguien”, expresó Romero

Realidades azules

Las historias son muchas, pero rescata la de Ignacio Maeder, un rugbier chaqueño que sufrió un grave accidente en la médula en un partido en Rosario. “Tuvo que dejar a sus amigos y venir a atenderse en Buenos Aires, y eso implica no contar con un apoyo emocional que es esencial, más allá de que su familia lo acompaña. Por eso me propuse ser su amigo acá, y lo visito todas las semanas, y tenemos un vínculo fuerte”, detalla

La cadena de cuerdas no se detiene, sino que propende al crecimiento: por eso, están buscando conseguir el permiso en nuevos centros de salud y hogares de niños porque el número de voluntarios se incrementa y necesitan canalizar toda esa ayuda.

Un recuerdo de la intensidad afectiva que genera el proyecto aflora en el repaso histórico de Romero: “Florencia Vivas, una de las chicas que tenía leucemia y participaba como voluntaria de Cuerdas, falleció el año pasado y fue un golpe duro para todos. Pero ella nos enseñó una serie de valores que sostienen nuestra labor: entregarse al otro, el amor, las ganas. Ella marcó a fuego nuestro proyecto y nos enseñó muchísimo”, desliza, y se le quiebra la voz de la emoción. Un sentimiento que demuestra que, efectivamente, existen entre las personas lazos definitivos, cuerdas que no pueden romperse.