Martín Cornell empezó a visitar escuelas de frontera durante el colegio secundario. Estudió magisterio y hace más de diez años dejó todo y se fue a Misiones. Hoy enseña en un colegio que está en la frontera con Brasil. 

Posiblemente sea una de las últimas formas del compromiso auténtico con la noción de estar formando ciudadanía en medio de la adversidad. Martín Cornell, 36 años, porteño del barrio de Saavedra, decidió diez años atrás que su destino era el de ser docente en una escuela de frontera. De las 9350 que hay en el país, Martín eligió asentarse en el Soberbio, en Misiones, una zona donde no faltan las carencias materiales y donde todo lo que tenga que ver con la educación se emprende a fuerza de voluntad, entrega y esfuerzo. Con un equipaje exiguo -un poco de ropa en una mochila y no mucho más-, se presentó en su condición de maestro en la escuela que hoy lleva el nombre de Educación para las Primaveras.

“Fui estudiante en un colegio nacional, en Vicente López, que tenía un proyecto de padrinazgo de escuelas rurales, y fue la primera vez que tomé contacto con esa realidad”, rememora Cornell.

“Conocí Misiones, me gustó mucho, y tomé la decisión de estudiar el magisterio pensando en venir a trabajar a esta zona como maestro”, dice. Cornell se desempeña como director del centro educativo y como docente de quinto, sexto y séptimo grado. En 2006, emprendió su periplo hacia la zona misionera y se afincó en Alem.

“Llegué a esta escuela un poco por casualidad -admite-. No conseguía trabajo en Alem, y en Posadas planteé ante el Consejo de Educación mi formación docente, y que tenía experiencia como maestro en Buenos Aires. Había varios magisterios, pero no había vacantes para enseñar. Entonces me enviaron a la escuela  Educación para las Primaveras, que estaba cerrada por falta de maestros. En marzo de 2007 empecé: ya hace una década que estoy enseñando acá”. Al principio, Martín sólo tenía dos alumnas. Pero la voz se corrió en el pueblo, y los chicos comenzaron a llegar.

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Empezar de cero

El proceso no fue sencillo. La escuela rancho, un satélite de la Escuela Núcleo 373 Sandra Dumke, se encontraba en una situación precaria: techo de chapa de cartón, un despoblado y escaso espacio donde los libros habían sido comidos por los roedores, donde no había materiales didácticos, ni láminas, ni tizas. Fue empezar desde cero, a puro pulmón.

“Con los padres y la ayuda de toda la comunidad educativa, la empezamos a reconstruir: así fue como construimos el salón comedor, ampliándola,  y conseguimos también padrinos en Buenos Aires, para que colaborasen con la escuela”, dice Cornell. Durante un año y medio, se desempeñó como docente único. Al tratarse de un colegio plurigrado, debía ser una suerte de maestro-orquesta para todos los niveles: tenía a su cargo alrededor de 65 chicos, entre primero y sexto grado.

Finalmente se abrieron cargos, y hoy lo acompañan tres colegas: Yamila Suárez (primero y cuarto grado), Nancy García (segundo y tercero) y María Pedrozo (nivel inicial). Las condiciones edilicias son otras: paredes de madera, techos de chapa y un frente decorado con murales de muchos colores, con imágenes de animales y plantas de la región. La ampliación hizo que hoy tengan el comedor, una cocina, dos aulas, con bancos y mesas largas en la que se ubica cada curso. Está también el pequeño salón destinado a los niños del nivel inicial, los más pequeños de 4 y 5 años, y las bibliotecas.

El lugar es a menudo un torbellino de actividad en el que se entrecruzan los distintos niveles. Eso lo vuelve también un desafío: enseñar al mismo tiempo a chicos que pertenecen a grados diferentes. Así, no es sencillo que los profesores puedan ceñirse estrictamente a los contenidos que exige la currícula.

El director ocupa con su mujer, Alejandra Rosi, una vivienda que fue levantada junto a la escuela por los padres, y ya tiene tres hijos, Alejo y Camilo, que están en séptimo grado y preescolar, y Benjamín, recién nacido. Alejandra es profesora de huerta y coordinadora de talleres de educación agraria.

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Agricultura familiar

Los docentes, conscientes de que se encuentran en una zona agraria donde los adultos en muchos casos no han concluido siquiera la primaria, enfatizan la importancia de la educación formal, pero también se encargan de que los chicos tengan una instrucción paralela en cuestiones vinculadas a la agricultura.

“Estamos insertos en una zona de pequeños productores, por eso tratamos de revalorizar los saberes ancestrales que tienen los padres de los alumnos, y por otra parte, ayudarlos a incorporar los nuevos conocimientos técnicos. Para ello contamos con el acompañamiento de la Secretaría de Agricultura y el INTA”, explica Cornell.

Cuentan con una huerta, un vivero de plantas nativas, la escuela de oficios y una granja con conejos, gallinas, cerdos y una vaca lechera. Eso constituye un sector didáctico productivo, que también genera verduras y frutas que son destinadas al comedor de la escuela, ya que los niños desayunan, almuerzan y meriendan allí mismo.

Como la deserción escolar es una problemática de la región, Cornell también dispuso que para que aquellos alumnos que no siguen estudiando una vez concluida la primaria puedan tener una formación, puedan concurrir a  talleres de costura y carpintería. Además, por convenios con el Instituto de Cine de Misiones, se dictan talleres de cine, radio, de arte, para los cuales invitan a las aulas  a músicos y otros artistas que organizan eventos culturales.

Ayudar a los más chicos

La escuela abre cada mañana sus puertas por las que hoy entran alrededor de 70 alumnos. Algunos son estudiantes golondrinas, atados a las labores estacionales de sus padres. Ser un colegio plurigrado implica mayor complejidad, aunque Cornell sostiene que “tiene el aspecto positivo de que los más grandes, que ya pasaron por grados anteriores, conocen lo que estamos enseñando y ayudan a los más chicos y nos ayudan a nosotros a enseñar”.

Al estar emplazada en un rincón del Litoral donde los habitantes hablan portugués o portuñol (con los modismos gaúchos del sur brasilero), se vuelve un desafío enseñarles a los más pequeños a leer y escribir en castellano. Pero cuando son más grandes se desenvuelven correctamente entre las dos lenguas.

“Muchos chicos no terminan la primaria, porque los padres ven que saben leer y escribir y las operaciones matemáticas básicas, y ya piensan que es suficiente y no los mandan más”, grafica el director. Cornell y sus colegas intentan incentivarlos para que sigan estudiando, concurran a la secundaria y procuran que no falten los materiales didácticos.

“Por eso, cada chico que termina el colegio y sigue estudiando es un logro y una justificación de todo nuestro trabajo”, concluye Cornell.