En la Casa Garrahan, más de 30 voluntarios acompañan, alegran y dan afecto a 46 chicos y madres que viven todo el año lejos de su familia. Son pequeños pacientes derivados del interior del país a los hospitales pediátricos porteños.

“Un hogar, lejos de hogar. Esa es nuestra frase”, dice Beatriz Resnik, la coordinadora de Relaciones Institucionales de la Fundación Hospital Garrahan. Se refiere a la Casa Garrahan, un edificio con 46 habitaciones para chicos que se realizan tratamientos médicos ambulatorios o tienen diagnósticos de enfermedades complejas y viven a más de 100 kilómetros de los hospitales pediátricos de la ciudad de Buenos Aires, junto al Gutiérrez y la Casa Cuna.

La entrada del hogar muestra el afecto de los casi 20 mil pacientes que pasaron por allí y que recibieron ayuda. Cientos de cartas se entrelazan unas a otras en un corcho donde los chicos agradecen su estadía y resaltan el trato recibido. Desde que se fundó hace ya veinte años (el 25 de marzo de 1997), un equipo de voluntarios, profesionales y asistentes acompañan a las mamás y a sus hijos brindando un servicio totalmente gratuito.

“Acá encuentran un ambiente de contención, de afecto y amor. Esta casa es nuestro orgullo. Acá las madres se contienen mucho, están como en su casa“, resumió Betty, como la conocen todos.

Hoy en día, son 35 los voluntarios que con horarios fijos y rotativos asisten entre una y tres veces por semana a dar talleres y actividades como computación, arte, música, ajedrez, cuenta cuentos y demás. El lugar posee en la PB un espacio de esparcimiento junto a la sala de juegos que lo llaman “el lugar de encuentro entre las mamás y los chicos”.  También las voluntarias realizan la clasificación de la ropa donada y hay estudiantes de nutrición que ayudan a las mamás.

Se empezó con treinta habitaciones, diez por piso. Y hace poco construyeron un edificio nuevo en la parte de atrás, para brindarles más cobijo a los niños con enfermedades crónicas que viven muy lejos.

Como una organización no gubernamental, Beatriz resalta que es “fundamental la transparencia”. “Somos una entidad sin fines de lucro y somos nuestros propios administradores. No recibimos subsidios sino que nos sostenemos por el aporte de los padrinazgos”, detalló.

Padrinazgos famosos y días especiales

Los chicos sufren de enfermedades crónicas y por eso desde el voluntariado se hace hincapié en generar actividades divertidas y salidas, como al cine o al teatro. Los chicos que fueron trasplantados o tienen patologías renales u oncológicas tienen que volver aunque sea una vez por año para que vean cómo están. Las estadías en la casas puede ser de una semana, o de meses, y por eso se genera un vínculo muy fuerte con entre ellos.

“Hay mucha familiaridad. Son muchos años, hay chicos que están desde que eran bebés. Hay chicos hasta 16 años pero a veces hay jóvenes de 18 por su patología”, explica Beatriz, mientras recorre cada espacio de la casa, que posee una cocina común por piso donde las madres se turnan para cocinar.

“Estamos todo el tiempo pensando nuevas actividades para divertirlos y levantarles el ánimo. Ya bastante tienen con su enfermedad. Mientras estén acá tratamos de generarles buenos momentos, que les quedan como recuerdo”.

En los próximas días, van a realizar un “vuelo simulado”: una aerolínea va a realizar un simulacro de un viaje en avión en la sala de juegos. Van a llevar desde los cinturones de seguridad y las azafatas hasta los carros para servir la comida. “Todo al servicio de nuestros chicos”, sonríe Betty.

-¿Qué anécdota recordás con alguno de los chicos?

-Tengo muchos recuerdos, pero hay uno que me movilizó muchísimo. Un chico que fue y vino durante 10 años, desde los 2 hasta los 11, y murió. Por su enfermedad se quedó ciego y andaba en monopatín. Tenía una energía tremenda. Establecimos un vínculo muy hermoso. Yo cumplo años en agosto, y a él lo internaron en estado grave ese mismo mes. Me llamaron a su habitación, y me encantó el feliz cumpleaños como pudo. Eso no me lo voy a olvidar más (se emociona).

Otras anécdotas son más lindas. Como un chico jujeño que estaba en tratamiento de cáncer. Luego de 11 años vino con su familia y con sus hijos. Esas son las cosas que gratifican: que vuelvan, te saluden y se acuerden de vos.

-¿Cómo se puede sumar la gente como voluntaria?

-Ser voluntario es muy importante. Que vengan a ayudar siempre con una sonrisa y dispuestos a escuchar al otro. Acompañar a las mamás y brindar lo que puedan. Si bailas reggaetón, les ofreces eso. Verlas contentas es lo que nos hace feliz.