Carlos Miranda Mena, profesor de boxeo y escritor

“Enseño a boxear y pensar para que no terminen en una cárcel”

Varias cicatrices en la panza, un puntazo en la espalda y un ojo semicerrado, son algunas de las marcas que en su cuerpo dejaron una infancia triste y difícil signada por la violencia y la necesidad de salir a robar para comer y, luego, a robar por robar.

Tres veces lo arrestaron, dos veces reincidió. Le decían “el Congo” porque se comunicaba a través de la violencia. Pero en 2010 algo cambió. Volvió a ser, a vivir, a no estar muerto. “Hoy soy una persona que siente. Puedo entender, ayudar y dejarme ayudar. Soy Carlos Miranda Mena”.Carlos Miranda Mena

Tiene 35 años, vive en Quilmes y trabaja como profesor oficial de boxeo, deporte que aprendió en la cárcel. También escribe y dibuja para los libros de su editorial. De su pasado no se olvida sino que lo tiene muy presente en cada reflexión y decisión que toma. Con regularidad concurre al penal que abandonó hace seis meses a dar clases de filosofía ad honorem, a charlar, “a ver cómo están”. Lo mismo hace en comedores comunitarios, explica, “para que ninguno de esos pibes termine en la cárcel. Les enseño primero boxeo. Con eso los anestesio y ahí les leo en voz alta. Los hago pensar”, comenta el protagonista de esta historia.Carlos Miranda Mena

Si bien no fue de un día para el otro, Carlos Miranda Mena recuerda como si fuera hoy el momento en el que conoció a quien le cambiaría la vida. “Después de rotar por varios penales, en los que nadie me quería por violento, caí en uno en 2010 donde había un taller de sillas. Yo quería hacer algo. Fui y apareció Alberto con traje y lentes. Le pregunté sobre las sillas y me dijo que él era de una editorial y venía a enseñarnos a escribir y daba clases de  filosofía. Entonces me fui. Eso no era para mi”, cuenta Carlos y se ríe.

Alberto es Sarlo, un abogado y profesor de filosofía impulsor de la editorial Cuenteros, Verseros y Poetas para la que Carlos escribe desde hace años junto a otros que continúan privados de su libertad. La propuesta de este abogado no es la regla sino la excepción, ya que no es obligatorio participar y de hecho -cuenta Miranda Mena- “propuestas para educarse hay en muy pocas cárceles. Yo fui afortunado”.Carlos Miranda Mena

La clase siguiente, Carlos decidió volver. Dice que lo impulsaron sus ganas de cambiar y aprender. “Empecé a escuchar que todos leían en el taller y yo no sabía leer. Así que me puse a dibujar lo que entendía y ahí Alberto, que para mí es mi hermano, me dijo que yo tenía que ser ilustrador”.

En vez de construir sillas, quien dejaba en se momento de ser “el Congo”, decidió anotarse en la escuela del Penal y “con canas” empezó desde el abecedario. Lo primero que leyó fue Bazán, un cuento de Tomás Eloy Martínez, sobre un bandido que es abatido por la Policía. “Desde ese momento no paré de leer y escribir, de estudiar filosofía en el taller de Sarlo y, ahora, de enseñar junto a él. También hago poesía, improviso y compongo canciones de reggae y hip-hop”, dice Carlos con orgullo y para que que no queden dudas, mira a su alrededor para recitar unos versos que inventa en tiempo real:

Tres personas están debajo de Carlos Miranda Menaunos árboles frondosos

y la sombra cubría el sol potente

te quemaba como el desierto

el viento soplaba para el noroeste

y los vehículos hacían un zumbido de fondo

al compás de la película

Cuando dicta talleres le importa que lo escuchen, que todos lo comprendan. “Mano dura con la cultura”, es el mensaje principal para sus estudiantes, a quienes les enseña filosofía “con el lenguaje del barro” para que la sientan cerca. Los hace tomar conciencia, a través de autores como Michel Foucault, Jacques Lacan, Kant, Hegel, y Jean Paul Sartre (su favorito), de que la educación es la salida y que la realidad se puede cambiar; que “nadie nace chorro” sino que “eso es una cosa que nos puso la villa. No la gente. Es el sistema el que nos hizo villa”.

Carlos Miranda MenaHacer referencia a su propia historia, explica, lo ayuda a acercarse a compañeros del penal o a los chicos de los comedores que ve resignados a la dura realidad. Con ellos le gustaría, el próximo año, escribir y montar obras de teatro. “Les cuento que la cárcel me hizo creer que yo era chorro y no tenía solución. Y mirá cómo estoy ahora”, exclama sonriente elevando los hombros y las manos y se levanta para irse  a tomar el tren que lo lleva a visitar a sus compañeros y alumnos del penal.