Una experiencia colectiva que rescató lo cultural desde el fútbol

El fútbol fue una excusa. La biblioteca, una herramienta. Lo que querían esos pibes en 1983, cuando empezaron a juntarse, era recuperar el espacio público. Estaban ansiosos con las posibilidades que daba la nueva democracia. Hoy el espacio cultural sigue abierto.

Empezaron así. Con el fútbol como excusa y la biblioteca como herramienta. Pero terminaron salvando al fútbol, recuperando a la biblioteca y haciendo explotar la cultura del lugar. Todo bajo una bandera, la del equipo de la Biblioteca Florentino Ameghino de Venado Tuerto, quizás el más insólito de la historia del fútbol argentino. Por su vestimenta colorida, por el arquero que lucía un frac estampado en el buzo, por los pompones en las medias y los shorts multicolores, por su juego exquisito y ganador, por haber tenido seguidores como Osvaldo Soriano y Mario Benedetti, y porque sus hinchas cantaban sin insultar e instaban al público con banderas de proclamas impensadas como “Enamórese” o “Tristeza aquí no entrás”. La Biblio fue libros, fue teatro, fue música, fue gritos y acción.

A Marcelo Sevilla, excapitán del equipo de la Biblioteca Ameghino, todavía se le siente el fervor que lo llevó a él y a otros chicos de entre 17 y 23 años a pensar en cambiar las cosas: “Para saber cómo surgió la recuperación del espacio de la biblioteca y del equipo de fútbol, hay que tener el contexto. Final del gobierno militar, 1983. La biblioteca estaba virtualmente cerrada. Había una señora que la abría una hora por día. Tenía 70 u 80 libros nada más”.

-¿Cómo decidieron recuperarla?

-Durante el gobierno militar, los espacios públicos de reunión estaban restringidos. Entonces, la biblioteca funcionaba como lugar de reunión. Y en democracia, ya la gente tenía la posibilidad de reunirse libremente. Fue ahí cuando La Biblio quedó paralizada, porque ya los grupos salían a militar por afuera. En un momento, la biblioteca quedó acéfala y nos invitaron a sumarnos. Entramos en el proceso formal de hacer asambleas, y pasamos a formar parte de la comisión directiva. Éramos un grupo activo de 12 o 14 pibes, todos entre 15 y 23 años. Con la impronta de la época, gran anhelo de vivir en libertad, de posibilidades que se abren.

-¿Lo primero fue el equipo?

-No. Empezamos por cosas chicas: arreglar vidrios rotos, pintar paredes, recatalogar libros y abrir las puertas de la biblioteca a la sociedad. El concepto de biblioteca estaba asociado a lo solemne y nosotros queríamos que fuera un lugar de encuentro y generación de cosas. Y organizamos distintas actividades: teatro gratis, música, talleres de ajedrez… Un grupo de gente se acercó a expresar lo suyo, y empezó a aumentar el número de libros, de socios y hasta triplicamos el espacio físico de la biblioteca.

-Y apareció el fútbol.

-Sí. En el patio de la biblioteca estaba la escenografía de una obra infantil: La pelota mágica. Un sábado a la tarde, de asado, luego de una sobremesa, agarramos la pelota y armamos un picadito. El fútbol nos gustaba y varios jugábamos en equipos de la Liga Venadense. En el verano nos anotamos en un campeonato comercial de fútbol 5. Y uno dijo: “¿Por qué no nos presentamos como el equipo de la Biblioteca Ameghino?”. Así surgió. Y la gente que estaba relacionada con la biblioteca empezó a ir a vernos, cada uno desde el lugar que tenían en la Ameghino: los que hacían música llevaban los instrumentos, los que hacían obras, vestidos como en la obra, los que escribían, con libros.  Y emergió una impronta infernal, que se trasladó al equipo. Nosotros teníamos que jugar y comportarnos como correspondía a lo que representábamos.

-¿Les fue bien?

-Sí, y la repercusión fue grande. Hubo una ebullición impensada, que motorizó el apetito: imaginar algo, llevarlo a la práctica, lograrlo y seguir con más cosas. No faltó el que dijo: “¿y si jugamos el campeonato de la Liga?”. La Biblio tenía atributos legales que le permitían afiliarse a la Liga, así que lo hicimos.

-¿Tenían cancha?

-No. Nos tuvimos que ir a San Eduardo, un pueblo a 17 kilómetros, que tenía una que no usaba. Nos pusimos el overol y después de mucho laburo la dejamos en condiciones, con el apoyo de la gente del lugar.

-¿Y la camiseta amarilla y roja?

-La inventamos. Todo lo del equipo fue libre elección del grupo. Los colores simbolizaban, dicho de una manera simplificada, la pasión y la sabiduría.

-¿Cómo fue que terminaron con pompones en las medias?

-Fue un proceso igual al de la camiseta.Un día apareció uno que propuso pantalones cortos floreados; otra vez uno que dijo que usáramos una media de cada color. Y en lo de los pompones tuvo que ver con que la novia de uno de los jugadores tejía, y propuso usar pompones en las medias. Y quedó. El buzo del arquero, que tenía dibujado un frac, lo hizo un artista plástico relacionado con la biblioteca. Fue una experiencia colectiva, de muchas voces generando cosas, sintiéndose estimulados. Había una sensación de reconquista de libertad muy potente. Y eso es determinante en la experiencia de la Biblio. Terminamos generando una facultad libre, con profes que venían de Buenos Aires y de Rosario.

-¿Cómo armaron el equipo?

-Unos 7 u 8 que estábamos en la Biblioteca jugábamos en otros clubes. Llamamos a Dionisio Rubio, un inspector retirado de la policía, que era técnico. Parecía que no tenía que ver con nosotros, pero terminó siendo importante para armar el plantel. Después de cada partido entregaba un informe escrito en máquina de escribir con la evaluación de los jugadores. Y firmaba: “Dionisio Rubio. Mal llamado Director Técnico“.

El equipo de la Biblioteca Ameghino de Venado Tuerto, además de las extravagancias de su vestimenta, jugaba bien al fútbol. Fue campeón en su segundo año en la Liga Venadense (1986) y también en el tercero (1987). “Pero nuestro objetivo era el libro y la biblioteca, ir contra la idea de que las cosas masivas, como el fútbol, estaban divorciadas de la cultura –asegura Sevilla-. Fue una pequeña conquista para nosotros”.

-¿Cómo los trataban los rivales?

-Imagináte la zona: núcleo agrícola, hijos de inmigrantes, muy metidos para adentro, saliendo de la dictadura. De pronto caen pibes con el pelo largo, vestidos de manera extraña, arquero con frac, banderas de acuerdo con la vida. Nos decían de todo. Pero también nos conocían de antes, y lo que generamos en la Biblio, lo deportivo, terminó por jugarnos a favor. Y se validó mucho más afuera que en Venado. Salían notas en todos lados.

-Sin el éxito deportivo, ¿en qué habría quedado la experiencia de la Biblio?

-Sin eso no habría sido tan conocida. El fútbol rompió el límite y lo expandió. Mucha gente a la que le gustaba el fútbol solamente, terminó en la biblioteca sumada a iniciativas culturales como ver obras de teatro, leer o hacer algún taller.

La hinchada, compuesta por gente que participaba de las actividades de la Biblioteca Ameghino, también era muy particular. En la tribuna se repartían poemas y se ponían banderas que decían “La vida ataca a los molinos”, “Enamórese” o “Estamos de acuerdo con la vida”. O cantaban canciones de cancha, cultas. Como esa que decía: “Ay qué ordinarios, son los contrarios, ellos tocan el bombo con la manguera, eso a nosotros sí que nos desespera”.

-Y tuvieron hinchas ilustres…

-Han venido a vernos algunos escritores. Osvaldo Soriano se hizo amigo de la Biblio una vez que vino a dar una charla. También Mario Benedetti, Eduardo Galeano, Tomás Abraham o Daniel Cohn-Bendit, líder del Mayo francés.