Una visita a Malvinas

El historiador y escritor Daniel Balmaceda estuvo en las islas Malvinas y relata en esta nota cómo vivió esa experiencia. La visita al cementerio argentino en las afueras de Darwin, los vestigios y recuerdos de la guerra y la vida de los isleños.

Llevábamos ocho días navegando. Atrás quedaron las escalas chilenas en San Antonio, Puerto Montt y Punta Arenas. También el desafiante Cabo de Hornos y la estoica Ushuaia, en el confín del mundo. El Emerald Princess nos arrimaba al destino soñado: las islas Malvinas.

malvinas2Viento normal y aguas calmas. Sin esos requisitos, el desembarco se hubiera suspendido. Con las lanchas del Emerald iniciamos el trayecto final hacia la costa.

Techos a dos aguas, de diversos colores, nos dieron la bienvenida. También un inmenso cartel de lectura obligatoria pretendía recibirnos. O, tal vez, no. En caracteres poco legibles a la distancia: “Welcome to”. Pero debajo, con una tipografía gigante: “The Falkland Islands”.

Las islas son un encanto. Las inmediaciones del puerto me atrapan. Antes de aceptar alguna de las ofertas del ruidoso grupo de isleños dedicados al turismo, la calle principal, Ross Road, se convierte en el centro de atención. Ofrece el recuerdo de aquellas imágenes tan grabadas en mi memoria, la de las tropas marchando en abril del 82.

Negocios de regalos, casa del gobernador, iglesia, gente muy amable, gente indiferente y también algunos mensajes pegados en ventanas: “No dialogue is possible until Argentina gives up it’s claims to our Islands. Respect our human rights” (Ningún diálogo es posible hasta que la Argentina abandone su reclamo sobre nuestras islas. Respeten nuestros derechos humanos). Una mezcla de sensaciones. Por un lado, la emoción, que en ciertos puntos de la isla es difícil de controlar. Y el orgullo. Por el otro, la incomodidad. Y la tristeza.

Una vez en el lugar, hay un puñado de cosas para hacer. Se puede ir a ver a los pingüinos, a la zona del faro, hacer un tour para evocar los combates de la primera y segunda guerra mundial, visitar el cementerio argentino en las afueras de Darwin o quedarse en el centro recorriendo. Mi opción, el cementerio, demandaba un viaje de ochenta minutos hasta llegar al centro de la isla. Abordamos la camioneta de Marcelo, el guía. Es chileno, oriundo de Punta Arenas, y lleva algunos años en el negocio del turismo. Luego de atravesar las pocas manzanas del poblado, un camino árido nos condujo en dirección a Darwin, pasando por los montes donde estuvieron apostados nuestros soldados: Harriet, Dos hermanas, Longdon, Kent. El guía se detuvo. “¿Quieren ver una trinchera?”. Sin responder, bajamos. A seis o siete metros del sendero, un simple pozo de menos de tres metros de largo y uno y medio de profundidad, protegido con piedras, fue sin duda la posición de un grupo de artillería. Con los montes a sus espaldas, nuestros hombres debían apuntar sus armas hacia el sitio donde habían desembarcado los ingleses.

Todo ese desierto comenzó a poblarse de imágenes, aun cuando la imaginación apenas puede ofrecer un difuso esbozo de la realidad de aquellos días de 1982. Allá, a los lejos, el desembarco de ingleses, galeses, nepaleses. En el aire, nuestros aviones tratando de impedir sus maniobras. Aquí, en los ásperos montes y sus alrededores, los argentinos, atrapados por el frío, en la cuenta regresiva para iniciar la defensa.

Una inmensa base aérea militar, construida en los años posteriores al conflicto, es la penúltima escala visual. Luego, un hotel abandonado. Pertenece a los cercanos tiempos en que el camino a Darwin no estaba pavimentado y exigía un lugar para pasar la noche. Y, por fin, el cartel que anuncia un desvío. Fuimos y el cementerio argentino se presentó sin ningún aviso protocolar, salvo un muy sencillo letrero: Argentine Cemetery. Desde el sector de estacionamiento de vehículos, un sendero de piedras lleva hasta el camposanto, protegido por un cerco para evitar a las ovejas.

Austero, prolijo, simétrico. En medio de la nada. Doscientas treinta cruces para doscientos treinta y siete cuerpos, reunidas en tres sectores. Al caminar por entre las hileras, leí los nombres de nuestros muertos: Ramón Quintana, Alberto Marcelino Aguirre, Walter Becerra, Guillermo García, José Alberto Encina, entre tantos.  Y los ciento veintitrés que bajo el rótulo “Soldado argentino solo conocido por Dios” esperan que su identidad sea develada.

Mis compañeros de viaje, todos argentinos, hacían lo que podían con sus emociones. Algunos caminaban en silencio. Otros se desabrochaban los abrigos para hacer relucir una camiseta con nuestros colores. También estaban los que habían traído, oculta entre su ropa, una bandera argentina. Todos se tomaban fotos, seguramente para las redes sociales. Un grupo se reunió en círculo, casi en la entrada, del lado interior, y entonó las Marcha de las Malvinas. De inmediato, el Himno Nacional. Junto al alambre que demarca el perímetro, una mujer consolaba a un hombre de facciones recias que no lograba controlar su llanto.

Una pareja salió del cementerio y se paró a unos cinco metros de la entrada para tomarse una foto con la enseña argentina. Una guía chilena se acercó y dijo: “No pueden estar con la bandera aquí. Adentro del cementerio son dueños de hacer lo que quieran. Aquí no se puede”. El silencio general potenció el sonido del viento.

Continué deambulando entre las cruces, con la cabeza en el recuerdo de aquellos días y el corazón en cada una de las doscientas treinta y siete historias que guardan esas tumbas. El silencio seco y la perspectiva me permitieron unos minutos más de homenaje.

Llegó el tiempo de ir a Darwin. Durante las semanas de ocupación argentina, los vecinos fueron llevados a un recinto y allí los mantuvieron hasta que finalizó el conflicto. Marcelo nos aclaró: “A diferencia de Stanley, donde hay posturas diversas, acá en Darwin no quieren a los argentinos. Por lo del encierro”.

En el viaje de regreso, el guía nos puso al tanto de algunos temas: “Cuando termina la jornada, todo el mundo va a los tres pubs que hay. Es común ver gente caminando de un pub a otro con sus vasos de cerveza en la mano. Luego van a sus casas, se bañan, comen y ¿qué hacen? Vuelven al pub”. De los tres, el Victory Bar, que abrió en 1984, es el más radical en cuestiones de bandera y pertenencia.

Más del guía: “Un vecino tiene una tanqueta argentina en el jardín de su casa, de adorno. ¿Quieren verla?”. Fuimos.

Parece que el hombre restauró la que se conserva en el museo de las islas y luego reparó otra que encontraron. La pidió para su jardín y allí la expone, a media cuadra de la concurrida Ross Road.

Por la costa, me alejé hasta una plazoleta semicircular. Allí se encuentra el “Liberation Memorial” que recuerda a sus caídos. Es un homenaje a “Those who liberated us” (Aquellos que nos liberaron). A un costado, el busto de bronce de Margaret Thatcher y un cita de su discurso del 3 de abril de 1982 impresa en una placa: “They are few in number but they have the right to live in peace, to choose their own way of life and determine their own allegiance” (Son pocos en número, pero tienen derecho a vivir en paz, a elegir su propia forma de vida y a determinar su propia lealtad). Interesantes palabras. Una pena que nadie se las haya dicho a los ingleses que invadieron las islas en enero de 1833, suprimiéndoles, a los muy pocos habitantes de entonces, el derecho a vivir en paz, a elegir su propia forma de vida y a determinar su propia lealtad.

Ya más cerca del muelle hay otro monumento. Son cuatro huesos de ballena que fueron puestos en 1933, según aclara su base, para conmemorar “el centenario de la colonia como posesión británica”.

Comenzó a soplar un viento hostil. Los negocios de regalos estaban saturados de souvenirs: lápices, gorros, tazas, imanes, pingüinos de peluche, llaveros, medias. Todos con la inscripción “Falklands”.

A medida que corrían las horas daba la sensación de que la zona neutral solo se limitaba al espacio de embarque. Allí, un chico vestido con un kilt escocés ejecutaba música tradicional con su gaita, detrás de una lata recaudadora. La melodía iba disipándose a medida que la lancha se alejaba de la costa. La tarde se enfrió. Eran las cinco y el muelle comenzó a vaciarse. El horario de visita había terminado.