Ángel Sanz Briz, diplomático durante la Segunda Guerra

Se jugó para salvar a miles y esquivó todos los honores

Salvó la vida de miles de judíos en Budapest. Fue entre 1943 y 1944 cuando el entonces joven Sanz Briz se desempeñó como encargado de negocios de España en la capital húngara, que se encontraba bajo la ocupación nazi.

Las decisiones que un ser humano toma pueden, en determinados contextos históricos, modificar el destino de personas desconocidas. En ese vaivén que media entre fijar o no posición frente a lo injusto, se forjan algunos heroísmos. El arribo del funcionario a la delegación coincidió pues con el traslado de cientos de judíos a los campos de concentración de Auschwitz y Birkenau, en donde el derrotero final era los trabajos forzados o la muerte en las cámaras de gas.

Hungría era entonces un Estado aliado de Alemania, pero una serie de diferencias políticas determinaron que el 19 de marzo de 1944 el país fuera ocupado por las tropas de Hitler y España llamó a su embajador para que abandonara la sede. Sanz-Briz se encontró al mando de la embajada. Bajo el azote de los bombardeos, la ciudad comenzó a volverse peligrosa y el diplomático envió de vuelta a España a su mujer embarazada y a su pequeña hija.Ángel_Sanz_Briz_memorial_(Budapest-03)

San Briz Nació el 28 de septiembre de 1910, en Zaragoza, España. Tras estudiar Derecho, ingresó en la Escuela Diplomática, finalizando sus estudios poco antes del inicio de la Guerra Civil Española. Su primer destino, previo a su desempeño en Hungría, fue el de Encargado de negocios en El Cairo.

Sin que mediara una orden de su gobierno, presidido por el dictador Francisco Franco, Sanz Briz utilizó la astucia y los recursos disponibles a su alcance para evitar que miles de personas fueran asesinadas por razones de raza o religión. Su labor, sin embargo, no fue solitaria: trabajó en colaboración con Raoul Wallenberg, detenido y desaparecido en 1945 por el ejército soviético; el Nuncio Apostólico Angelo Rota, el cónsul suizo Carl Lutz y otros diplomáticos que integraron, con admirable valentía, una red clandestina de salvataje.

Absorbido por una tarea contrarreloj, Sanz Briz emitió miles de cartas de protección que garantizaban inmunidad a sus portadores. Fue una estratagema no exenta de riesgo: el diplomático rescató una ley de 1924, sancionada bajo el gobierno de Miguel Primo de Rivera, que estaba fuera de vigencia y que establecía que los judíos sefaradíes, expulsados en la época de los Reyes Católicos, podían acceder al pasaporte español.

”Las doscientas unidades que me habían sido concedidas las convertí en doscientas familias; y las doscientas familias se multiplicaron indefinidamente merced al simple procedimiento de no expedir documento o pasaporte alguno con un número superior a 200”, contaría, años más tarde, Sanz Briz en un libro dedicado a la historia del vínculo entre España y los judíos.

800px-BudapestMemorialJustes001El decreto reflotado por el funcionario no tenía validez, y despertó el malestar de Adolf Eichmann, encargado de llevar adelante la Solución Final en Hungría. Frente a su requisitoria sobre la legalidad de esas cartas, Sanz Briz le aseguró al alemán que eran documentos avalados por el mismo Franco, que les reconocía la nacionalidad española sólo a los judíos sefarditas. Sin embargo, esa impostura favoreció también a personas de otras nacionalidades, ya que de los salvados no todos eran oriundos de España, y se estima que la acción del encargado de negocios rescató de la muerte segura a más de 5200 personas.

Hungría, a pesar de tener la legislación antisemita más antigua de Europa, se había convertido en un refugio para los judíos de toda Europa Central. Nadie había partido hacia los campos de concentración hasta el año de la llegada de las fuerzas alemanas, y no hubo guetos ni fusilamientos.

Otra de las labores humanitarias del diplomático español fue la de alojar a judíos en edificios alquilados por él en Budapest bajo la protección de la bandera española, al mismo tiempo que colocaba avisos que indicaban que eran propiedades extraterritoriales pertenecientes a la legación española. Asimismo, instó al representante de la Cruz Roja Internacional a que colocara letreros españoles en hospitales, orfanatos y clínicas de maternidad, para proteger a los judíos que se encontraban allí.

El historiador Martín Alarcón, autor de la biografía “El ángel de Budapest”, presenta una visión equilibrada sobre el diplomático: “Él no era Teresa de Calcuta, no iba a ver a los judíos a curarles las heridas y repartir comida. Tenía a otra gente que lo hacía. Pero cuando escondió judíos en la residencia oficial sí se la jugó. Podría haberse metido en un lío importante si lo hubieran descubierto”.

Ante el avance del Ejército Rojo, el gobierno de su país le ordenó abandonar la capital húngara en diciembre de 1944, trasladándose a Suiza. Su labor de salvataje, sobre el filo del final de la guerra, ya estaba cumplida. “Demostró que uno puede enfrentar a un régimen peligrosísimo y tremendamente agresivo, enfrentarse a un régimen de esas características y lograr salvar a personas inocentes”, sostuvo su hijo Juan Carlos Sanz Briz. “Lo que hizo fue no mirar para otro lado y hacer todo lo posible para salvar el mayor número posible de judíos, con muy pocos recursos y sin la autorización expresa del Gobierno español”, agregó.

La tarea humanitaria del funcionario español ha sido sanz-brizvalorada a lo largo del tiempo: en 1991, el Museo del Holocausto Yad Vashem de Israel distinguió su acción y reconoció a sus herederos el título de “Justo entre las Naciones”, inscribiendo su nombre en el memorial del Holocausto. En 1994 el gobierno húngaro le concedió a título póstumo la Cruz de la Orden del Mérito de la República Húngara; en  2015, su figura fue homenajeada con la inauguración de una nueva avenida que lleva su nombre, situada en el tercer distrito de la capital húngara, una zona residencial en el norte de Budapest. Otra calle lleva su nombre en Madrid.

Su historia no está tan difundida en Hungría como la de otros salvadores, como es el caso del sueco Raoul Wallenberg, que salvó a más de 50.000 judíos, pero los nombres del sueco y del español aparecen juntos, como auxiliadores de miles de vidas, en el jardín de la gran sinagoga de la capital húngara.

Murió el 11 de junio de 1980 en Roma, donde se desempeñaban como embajador ante la Santa Sede, rodeado de su familia que, en las décadas siguientes, se abstuvo de impulsar homenajes en su nombre, atendiendo al pedido expreso de Sanz Briz de no hacer alarde de su tarea en Budapest.

La mejor síntesis sobre los años en que el diplomático español se enfrentó a la barbarie nazi la brindó su hijo Juan Carlos: “Consideró siempre que había hecho lo que debía hacer”.

Sanz Briz entendió cabalmente el significado de la frase del Talmud que asegura que “quien salva una vida salva a toda la Humanidad”.