Agostina Di Stéfano, profesora de inglés y voluntaria

“Vimos que los chicos no iban a clases, pero querían aprender”

Dos años atrás, un día de junio, Agostina Di Stéfano cerró la puerta de su casa porteña, dejó a sus espaldas años de docente de inglés en distintas escuelas de Villa Fiorito e Ingeniero Budge (de la comuna de Lomas de Zamora, en el sur del Conurbano bonaerense) y con su novio -miembro de Médicos sin Fronteras- y su pequeña hija, Julia, viajó a un país fascinante y culturalmente complejo como la India.

Pero allí no se entregó a la molicie de los paseos y las distracciones propias del turista tradicional, sino que, pocos meses después de su llegada a Nueva Delhi, abrió una escuela en la que actualmente se alimenta, se educa y se cobija a niños hindúes cuyas edades van de los 5 a los 14 años.

“Armamos la escuela, en noviembre de 2014, porque vimos que muchos chicos no iban a clases y tenían muchas ganas de aprender”, explica Agostina, que se desempeña como coordinadora del grupo docente. Sus funciones, además de verificar que los niños aprendan y se alimenten, son las de darle contención emocional a las maestras, ayudarlas a planificar las clases y encargarse de que no escaseen los materiales educativos.

Si la India es superpoblación, pobreza, polución excesiva, basurales y también hambruna, Agostina pone cotidianamente todo su empeño en contribuir al mejoramiento de las condiciones de vida de una sociedad marcada por graves desigualdades en el marco de un rígido e inmutable sistema de castas.DSC_9489

La génesis de la actual labor de Agostina se cifró en su incorporación a un grupo de jóvenes francesas que visitaban un refugio llamado Motia Khan, en Nueva Delhi. Interesada por el panorama que allí encontró, no se limitó a hacer una visita de ocasión sino que se aplicó a censar a las familias e interiorizarse sobre sus costumbres cotidianas, los distintos idiomas de las diferentes castas, y el  acervo cultural de la comunidad. El paso siguiente fue el de abrir una escuela en una de las habitaciones del refugio. La iniciativa se llevó adelante en asociación con la Fundación Samarpan, una ONG local que le confirió a la escuela un marco legal, y que es la encargada de canalizar las donaciones y conseguir alimentos y útiles para los niños.

“El lugar en el refugio fue quedándonos chico, además de que estaba infectado de ratas, y por eso decidimos alquilar un departamento para tener un espacio que ofreciera mejores condiciones”, refiere Agostina.

Hoy concurren a clase alrededor de cien alumnos, divididos en dos turnos.  Los chicos del turno tarde llegan con algún grado de escolaridad previo, mientras que los de la mañana empiezan su formación inicial aprendiendo por primera vez a leer y escribir. La mayoría de los alumnos proviene de familias con padres que nunca fueron escolarizados. Las docentes imparten los conocimientos en la lengua hindi.

Muchos de los niños que allí acuden van también a los colegios del Estado, mientras que, en el caso de los chicos de la calle, la escuela que coordina Di Stéfano funciona como un puente de iniciación con la educación formal, ya que no son admitidos en los establecimientos estatales porque se trata de un sistema educativo expulsivo.DSC_9515

En el refugio también  están las madres de los chicos, un grupo de 30 mujeres que cursan un taller de costura en el que se les enseña a manejar máquinas de coser y fabricar carteras que luego comercializan.

Durante el año pasado, la tarea central de la docente estuvo focalizada en enfrentar las enfermedades de los alumnos, acosados por el raquitismo, el paludismo, y otras graves dolencias, buscando para ellos atención médica así como también ocupándose de conseguirles ropa y comida. “Voy a la escuela y lo que se necesita, lo hago. Si falta una ración de comida, la consigo”, afirma.

A menudo, Di Stéfano y sus colaboradores han tenido que afrontar la muerte de pequeños que no pudieron superar estados de salud críticos. “Cuando se muere un chico te quedás mal y es difícil procesar el dolor. Sobre todo en el caso de los bebés, que están indefensos y a la buena de sus padres, que muchas veces no los cuidan. Pero también está el lado positivo, la alegría que da ver que chicos que sufrían de desnutrición se recuperan y todo a partir de darles un tratamiento adecuado de vitaminas y calcio”, señala. Para lograr esos pequeños milagros, Agostina lleva a los niños a los hospitales y se encarga de cumplir con las prescripciones médicas y conseguir los medicamentos.

La docente no tiene decidido dónde fijará su próxima residencia, pero asegura que no será lejos de India. “Yo me quedaría a vivir acá para siempre, pero hay cuestiones personales y aspectos como la contaminación que hacen que no sea el lugar más apropiado para que mi nena crezca. Pero tampoco puedo cerrar la puerta de la escuela y decir ‘chau, arréglense’”.

Su opción, entonces,  es irreversible: bajo el cielo del país donde finalmente se asiente, la maestra argentina seguirá haciendo lo que mejor sabe: dar afecto, curar y tenderle una mano al prójimo que lo necesita.