Bárbara Kuss, directora ejecutiva de Huertaniño

“A través de un proyecto, una comunidad puede estar más unida”

Diseñan huertas comunitarias para escuelas rurales. Los voluntarios de la ONG, junto a técnicos del programa Pro-Huerta, forman a los niños y adultos en el cultivo de alimentos con una propuesta que es, a la vez que nutricional, pedagógica.

Fundación “Huertaniño” es una entidad que asiste a escuelas rurales de todo el país. Enseñan a la comunidad educativa -padres, maestros y alumnos- a cultivar vegetales en una huerta orgánica, garantizando su producción alimentaria. El ingeniero Felipe Lobert es la cara visible de este proyecto educativo-nutricional que hasta la actualidad llevó alimentos a más de 40 mil niños de toda Argentina.

Dieciocho años atrás, Lobert fundó la entidad sin fines de lucro en Buenos Aires, con el propósito de mejorar la nutrición, la salud y la educación de chicos en situaciones de vulnerabilidad social. Para lograrlo, creó unas huertas, junto a la comunidad, en escuelas primarias rurales.

El cultivo es autosustentables y abastece de vegetales y hortalizas al comedor escolar y a las familias, enriqueciendo la dieta y favoreciendo el desarrollo de los pequeños.

“En un viaje de estudios, hace más de 40 años, Felipe fue al Chaco y allí observó que había chicos que no podían estudiar por el hambre. Trató de encontrar una solución que fuera sustentable en el tiempo y que no consistiera en entregar una caja de comida”, explicó la directora ejecutiva de Huertaniño, Bárbara Kuss.

Foto: Huertaniño
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“La idea era darle a esos niños herramientas para que pudieran tener mejores opciones en el futuro”. Lobert detectó que las escuelas rurales son el ente centralizador de las comunidades, y donde pueden alimentarse mejor.

Todo lo cosechado de las huertas va siempre directamente al comedor de la escuela. “Elegimos estar en escuelas rurales porque están más alejadas de los centros urbanos, y por lo tanto de los recursos, y en escuelas primarias porque entendemos que en esa etapa educativa donde los niños tienen la posibilidad de alimentarse mejor, desarrollar sus capacidades cognitivas y aprender lo que después no van a olvidarse a lo largo de sus vidas”.

También Lobert buscó que se pudiera educar y las huertas funcionaran como escuelas a cielo abierto. “Apoyamos a más de 500 proyectos en todo el país, pero estamos todo el tiempo viajando a los territorios porque conocemos a cada una de las escuelas a las que les brindamos nuestro aporte”, sostiene Kuss.

Si bien la Fundación cuenta con presencia en todas las provincias, por el peso de problemáticas vinculadas a la malnutrición o desnutrición tienen una presencia mucho más marcada en el norte del país, en la zona del Gran Chaco. Sin embargo, también colaboran con algunas escuelas secundarias, y en comedores y hogares donde no hay una comunidad presente.

Comunidad en acción

Papas, tomates, lechugas, son parte del producto final que llega a los platos de los chicos que han aprendido cómo trabajar la tierra y obtener de ella sus frutos. El placer del esfuerzo tiene un plus nutricional, piensan los hacedores de esta fundación que acciona a partir de los pedidos que le formulan las propias instituciones.

“Nuestra filosofía es que a través de un proyecto la comunidad pueda estar más unida, y puedan descubrir por sí mismos las oportunidades que tienen a futuro; lo que hacemos es evolucionar con ellos: inicialmente, los cultivos son sencillos, de hoja, cosa que garanticen éxitos en el mediano plazo”, graficó la directora ejecutiva.

A partir de ahí, se va complejizando el esquema, porque no pueden faltar los cultivos autóctonos, ni lo que dé cabida a otro tipo de producción como secado de vegetales, venta de condimentos y conservas, teniendo en cuenta que todo esto está subordinado al clima y la cultura del lugar”.

Las huertas que ayudan a construir constan de un cercado perimetral de tejido para protegerla de animales.

Cada proyecto de huerta comienza con la convocatoria del director o directora de la escuela, lo que determina el compromiso de que siga en pie el proyecto una vez que el personal de “Huertaniño” y los técnicos del programa “ProHuerta” se van del lugar. “Codiseñamos la idea: a veces el director nos da un concepto muy acabado, mientras que en otros casos tenemos que apoyarlos a diseñar una huerta acorde a lo que tienen y pueden mantener”, explica Kuss.

Foto: Huertaniño
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“Una parte de nuestro equipo se ocupa de conseguir los fondos, y cuando contamos con ellos, iniciamos con la escuela un proceso de un año o año y medio, donde el proyecto es construido por la comunidad –padres, vecinos, el equipo docente-, y son capacitados”, dice. “La huerta debe constituirse en un hito de la población”, aseguran desde la fundación.

“Los niños no son conscientes de las necesidades alimentarias que pasan, entonces, a través del juego, encuentran un lugar dinámico y lúdico donde pueden moverse de otra manera y donde los maestros, hábilmente, lo utilizan como herramienta pedagógica. Del juego, del contacto con la tierra, del mojarse con los compañeros, van incorporando estos conocimientos que luego son vistos en el aula y viceversa: si se aprende matemáticas, luego se calcula el perímetro de un cantero en la huerta”, señala Kuss, y concluye: “Es una fiesta cuando cosechan la primera tanda de lechugas y la sirven en el comedor: tiene otro sabor y tiene otro valor para el alma porque es algo que se hizo entre todos”.